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domingo, 11 de diciembre de 2011

jueves, 8 de diciembre de 2011

La isla jurásica

Algo debe tener la temporada de fin de año que lleva a las dictaduras ridículas —mas no por eso menos crueles— de nuestro continente a desempolvar sus ya desdentados delirios totalitarios. La Navidad pasada fue el comandante venezolano Hugo Chávez quien se lució aprobando unas modificaciones a la perniciosa “Ley Resorte” que controla las comunicaciones en ese país. La nueva ley buscaba hacer responsables a los prestadores de servicio de Internet de todas las comunicaciones que pasaran por sus redes, lo que desembocaría en una censura de facto, y pretendía también imponerle a la red restricciones según la hora: como la que en la televisión colombiana se anunciaba con aquel jingle que invitaba a los niños a cepillarse los dientes y acostarse a dormir.

Ahora el turno es para el régimen de Raúl Castro. Su canciller, Bruno Rodríguez, según nota publicada en el diario El Espectador, acaba de descubrir las redes sociales. “Siento que vivimos una oportunidad con estas tecnologías”, dice, cosa que cualquier niño de ocho años años en el mundo libre le hubiera podido explicar. Y como no podía faltar el ingrediente de paranoia antiyanqui, agrega que hay que buscar “alternativas” para “salir de la dictadura de Microsoft y Apple.”

Ignoremos el blanco demasiado fácil que presenta un burócrata de la represión hablando de dictaduras. Más bien expliquémosle al canciller lo siguiente.

El Internet no lo inventó ni Microsoft, ni Apple, ni Google, ni Amazon (aunque esas empresas sí proveen buena parte de la infraestructura sobre la que transitan nuestros datos), sino que nació de un proyecto financiado en la década de los 60 por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos. Luego, universidades como MIT y Stanford se sumaron a la iniciativa hasta crear, poco a poco, la integración de redes que conocemos hoy.

En otras palabras, el Internet, del cual nos beneficiamos todos en el planeta, fue un proyecto pagado en sus inicios por el contribuyente norteamericano, que luego creció espectacularmente gracias a inversiones hechas por universidades y empresas privadas gringas. Si bien la red hoy es de todos, venir a quejarse ahora de la presencia que tienen ciertas empresas en ella es como llegar a la fiesta tarde, sin ser invitado, protestar porque la comida es mala y además porque sirvieron poquito.

En lugar de quejarse, podrían abrirle las puertas de la isla a la red, no solo para permitirle al pueblo cubano beneficiarse de ella, sino también para enriquecerla de vuelta. Así es que se agradece ese regalo: compartiendo con los usuarios del mundo lecturas, imágenes, sonidos e ideas cubanas. La gran virtud de las redes es la de combatir la insularidad, tanto la que impone la geografía como la que se adueña del espíritu de un pueblo aislado del mundo por la necedad de sus gobernantes. Lo que realmente disgusta al régimen no son Apple y Microsoft, sino la pérdida del aislamiento como mecanismo de control social.

Lo único que se salva de todo esto es que, al igual que en Venezuela, en un mundo tan conectado como éste es poco lo que estos gobiernos pueden hacer para de verdad aislar a sus sociedades. Ya hace rato que disidentes como Yoani Sánchez le hacen pistola al régimen y sus controles. A los dinosaurios cubanos la insularidad física de su país los ha favorecido en su empeño por crear una sociedad jurásica, desconectada de la modernidad, pero es poco probable que esa estrategia les siga funcionando por mucho tiempo.


Una versión de esta columna apareció en El Heraldo de Barranquilla el 5 de diciembre de 2011.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Durban, fracaso seguro

Hemos recorrido hasta ahora el 1% del nuevo milenio y está claro que algunas de las visiones más optimistas que el siglo actual le inspiró al siglo pasado aún están lejos de realizarse. El fin de la pobreza, la paz en la Tierra, las curas del sida y del cáncer no estaban a la vuelta del milenio, como pensábamos. Como tampoco parece estarlo la solución a ese otro problema, el cambio climático, que nació de la sociedad industrial y que se afianza como la crisis central de nuestro tiempo.

Hace dos años se reunieron los líderes del mundo en Copenhague a diseñar un plan global para mitigar las consecuencias de los cambios en el clima. Si bien todavía existe escepticismo acerca de si esos cambios son o no “antropogénicos” —es decir, causados por las actividades de la especie humana—, de lo que ya no parece haber duda es de que el planeta está en un ciclo de calentamiento. El incremento ha sido de menos de un grado en los últimos cien años, pero esa alteración basta para trastocar el equilibrio de todos los ecosistemas planetarios. De no hacer nada, se espera que durante este siglo las temperaturas sigan subiendo, entre 2 y 4 grados más. Un acuerdo que permitiera contener el incremento por debajo de los 2 grados era lo que se buscaba en Dinamarca.

Copenhague fue un rotundo fracaso. No solo fue imposible lograr un consenso en políticas ambientales entre los países ricos y los países en desarrollo, el tímido documento que resultó de dos semanas de deliberaciones ni fue aceptado por todos los países, ni tampoco tiene fuerza de ley.

Un hacker anónimo contribuyó al desastre. Unos días antes de la cumbre, alguien filtró un archivo cifrado con miles de correos electrónicos robados de un servidor de la Universidad de Anglia del Este, una institución del Reino Unido que alberga una de la unidades de investigación climatológica más prestigiosas del mundo. La unidad defiende la explicación antropogénica del calentamiento global.

Los correos buscaban desacreditar a los investigadores de tres maneras. Primero, revelaban un alto grado de desacuerdo entre los más importantes expertos mundiales en climatología. Segundo, sugerían la existencia de un proyecto organizado para acallar voces que disentían de la hipótesis de que el calentamiento es causado por el hombre. Por último, demostraban que, en algunos casos, hubo ocultamiento y hasta alteraciones de datos cuando estos chocaban con la explicación antropogénica.

El daño que hizo el “climate-gate” fue enorme. Algunos políticos, más que todo en EEUU, han llegado incluso a usar los correos para sustentar el retiro del apoyo estatal a investigaciones sobre el cambio climático.

La semana pasada, el mismo hacker, que permanece anónimo, reveló otro grupo de correos, buscando sumarle desprestigio a las mismas instituciones y personas que fueron atacadas la primera vez.

El momento de la nueva filtración es estratégico. Hoy arranca en Durban, Sudáfrica, la siguiente ronda de negociaciones en esta barca ebria que ha sido hasta ahora la lucha por la reducción de emisiones. No solo los correos filtrados y la terquedad de las naciones sabotearán la cumbre. La crisis financiera global y la sombra que se cierne sobre la moneda única europea han hecho que la atención del mundo esté por estos días en otro lado. De nuevo, el fracaso está garantizado. Puesto que no parece que la humanidad posea la habilidad de encontrar un consenso alrededor de la crisis, tal vez lo más sensato sea desde ya aprender a convivir con el calentamiento, como lo hacemos con el cáncer, el sida, la guerra y la miseria.


Una versión de esta columna apareció en El Heraldo de Barranquilla el 28 de noviembre de 2011.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Los pies sobre la tierra

Es tal la confianza de nuestra era en la tecnología, que nos parece corriente que ésta invada espacios a los que no tendría por qué ser invitada: espacios como el sexo, la alimentación, y hasta la locomoción humana. La tecnología aplicada al movimiento siempre me ha intrigado. ¿Qué puede haber que sea más natural —y menos artificioso— que correr y caminar? Sin embargo los corredores y atletas de hoy cuentan, para forrarse los pies, con un catálogo de opciones de ciencia ficción. Burbujas de aire comprimido debajo del talón; capas de polímeros de última generación para disipar impactos; pieles sintéticas que aíslan de la temperatura y evaporan la transpiración; textiles impregnados de cobre que se auto-esterilizan contra las bacterias; y hasta unos Adidas con microchip hay en el mercado, que ajustan la amortiguación de las zapatillas a las condiciones del terreno y el ritmo del corredor.

Lo curioso, afirma Daniel Lieberman, un profesor de biología evolutiva de Harvard que ha dedicado su carrera a investigar el tema, es que, después de varias décadas de adelantos asombrosos en tecnología para los pies, no hay evidencia alguna de que ésta haya hecho algo para reducir las lesiones y las molestias que aquejan a los corredores. Algunos estudios indican que, por el contrario, pueden estarse empeorando.

Una nueva teoría acerca del movimiento humano se está abriendo paso, que afirma que hay que volver a correr como lo hacían nuestros ancestros en las sabanas de África, y como lo hacen hoy aún los maratonistas kenianos y etíopes: descalzos. El pie —explica Lieberman— es en si un sistema dinámico de amortiguación de impacto que se ajusta a cualquier terreno y a cualquier movimiento, y que protege los tobillos y las rodillas mucho mejor que cualquier zapato “inteligente”. Es parte de un sistema de retroalimentación complejísimo que evolucionó durante millones de años para proteger al cuerpo de los golpes de la marcha.

Pero por andar calzados durante tantos siglos, nuestro cuerpo ha olvidado cómo caminar y cómo correr. Correr con zapatillas deportivas, aún las más suaves y sofisticadas es, según estos investigadores, tan dañino como para las mujeres usar zapatos de tacón alto. O como tener la pierna dentro de un yeso, que nos protege del mundo exterior mientras por dentro se debilitan músculos indispensables para que el cuerpo haga bien una de sus funciones básicas.

“Nacidos para correr”, se titula un best-seller que se ha publicado sobre esto, y que defiende esa tesis con evidencia evolutiva del pasado, pero también de la actualidad, pues aún quedan en el mundo tribus cuyos miembros, algunos de más de 80 años, llegan a correr 100 km en un día, sin lesionarse y sin zapatos modernos. Para el resto de nosotros, la civilización tiene su precio, y nos ha atrofiado esa facultad al punto que hoy tendríamos que reeducarnos para volver a movernos de forma correcta. Un caso más en el que la tecnología de la evolución supera por mucho los mejores propósitos de la industria humana.

Por mi parte, no creo que de la noche a la mañana comience a andar descalzo por ahí, pero sí he vuelto a poner —literalmente— los pies sobre la tierra. Un caudal de información sensorial sube desde el suelo hasta el cerebro a través de la planta de los pies: una de las zonas de nuestro cuerpo que, como las manos y los genitales, contiene más densidad de terminaciones nerviosas. Por algo la evolución las puso allí.


Una versión de esta columna apareció en El Heraldo de Barranquilla el 21 de noviembre de 2011.

martes, 15 de noviembre de 2011

La detección de los tigres

Pensar —ese cálculo laborioso con el que resolvemos ecuaciones o buscamos la solución a problemas complejos— es, para la mayoría de nosotros, endiabladamente difícil. Pensar hace que nuestro cerebro consuma glucosa, que las pupilas se dilaten y hasta que se acelere el ritmo cardíaco. Por eso, y a pesar de que los filósofos desde hace siglos nos vienen diciendo que es la razón lo que nos separa del animal, los humanos usamos poco el raciocinio y nos apoyamos casi siempre en ese sistema de emitir juicios y decisiones que llamamos “intuición”.

Llegó a mis manos esta semana uno de los libros más esperados de 2011, Thinking, Fast And Slow (“Pensamiento, Veloz y Lento”, aún sin título oficial en español), de Daniel Kahneman, que resume cuarenta años de investigaciones sobre este tema por parte de uno de los principales pensadores de nuestro tiempo. Kahneman es sicólogo, y a pesar de nunca haber estudiado economía, recibió en 2002 el Premio Nobel de Economía por su contribución a explicar cómo las personas tomamos decisiones frente al riesgo.

El libro del profesor Kahneman es un compendio de malas noticias para el ego humano. Divide el pensamiento en dos sistemas. El primero, al que podríamos llamar “intuición”, es veloz, toma decisiones automáticamente y su uso no supone ningún esfuerzo. El segundo, la “razón”, es lento, perezoso, profundo y laborioso; nos ayuda a solucionar cuestiones difíciles, pero exige un esfuerzo de concentración grande y por eso tendemos a usarlo lo menos posible. Una conclusión es que no somos tan racionales como pensamos. La otra, más grave, es que el módulo mental que toma la mayoría de nuestras decisiones y emite la mayor parte de juicios acerca de nuestro entorno es altamente susceptible a equivocarse, a dejarse engañar por ilusiones de todo tipo, y a sacar conclusiones apresuradamente y con base en información incompleta.

La explicación de todo esto está en la evolución. El módulo intuitivo de nuestro cerebro evolucionó para alertarnos sobre peligros inmediatos y permitirnos ponernos a salvo. Es muy hábil para reconocer patrones en la naturaleza, incluso donde nada hay, y por lo tanto muy dado a falsos positivos: esa sombra que se movió justo a nuestra derecha puede ser, o no, un tigre acechándonos, pero es mejor echar a correr primero y constatar después.

Ese sistema de pensamiento automático con el tiempo nos ha servido para mucho más. Es lo que permite conducir un automóvil mientras se sostiene una conversación con el pasajero de al lado, por ejemplo. Y en algunas personas está tan desarrollado que un maestro de ajedrez puede ojear una partida en curso y decir, sin pensar: “Mate en tres”.

Pero por su misma rapidez y automatismo es un sistema dado a frecuentes equivocaciones, y de ahí que debamos desconfiar de la intuición humana en muchos casos. ¿Debo casarme con mi pareja actual?; ¿Debo invertir en acciones de esta compañía?; ¿Por qué candidato debo votar?, son asuntos en los que el sistema intuitivo se entromete sin que siquiera nos demos cuenta. Nos hace tomar decisiones importantes para nuestra vida usando lo que en el fondo solo pretendía ser un sistema muy avanzado de reconocimiento de patrones para salvarnos el pellejo en situaciones de peligro. Desde fallas en el funcionamiento de los mercados y en el funcionamiento de la sociedad, hasta fallas en nuestras propias vidas —dice Kahneman—, pueden ser explicadas por nuestro exceso de confianza en ese módulo de detección de tigres que llamamos intuición.


Una versión de esta columna apareció en El Heraldo de Barranquilla el 15 de noviembre de 2011.

martes, 8 de noviembre de 2011

Una modernidad barranquillera (segunda parte)

Decía en este espacio la semana pasada, en la primera parte de este texto, que a pesar de nuestra visión con frecuencia pesimista de la ciudad, Barranquilla está llena de atributos buenos que merecen ser preservados. No podemos sacrificar todo en el altar del cambio y la transformación. Existen valores, algunos intangibles como nuestro patrimonio cultural, pero otros que se pueden tasar y medir en términos de calidad de vida, que debemos reconocer y proteger para no alterar para siempre y para mal el alma de la ciudad.

Barranquilla, por su puerto, por su ubicación frente al Caribe, por su apertura a inmigrantes de todas partes del mundo, es, más aún que otras ciudades, una comunidad que se forma de las influencias que nos llegan de todos lados, tanto las buenas como las malas. Nuestra gastronomía, por ejemplo, se enriqueció de las delicias árabes de nuestros ancestros; y hoy se empobrece con los productos de mala nutrición y peor sabor que nos importan las cadenas norteamericanas.

La ciudad no cuenta con plazas públicas que cumplan de verdad la función de ser sus “centros”, por los cuales pasen sus habitantes y crucen miradas a través de diferencias de estrato, pensamiento, vestido, e ideología. Esos espacios fueron usurpados —malignamente, me parece— por los centros comerciales. De la misma manera, tampoco estamos cuidando el centro, no geográfico, sino espiritual, de la ciudad. Por eso somos, de más de una manera, una ciudad sin centro. Una ciudad ex-céntrica.

Y por tanto, a pesar de sus ventajas y su belleza, una ciudad con un cierto complejo de inferioridad que la hace vulnerable a modas, charlatanes y “expertos” de acuñación local o extranjera.

¿De verdad necesitamos para sentirnos modernos y prósperos, por ejemplo, autopistas de ocho carriles atravesando la ciudad? ¿Una ciudad diseñada más para automóviles que para personas? Una parte de la comunidad, que siempre ha vivido con un pie en Miami y otro en Barranquilla, parece creer que la modernidad radica en parecernos a urbes que el tiempo va demostrando que cada vez son más agresivas para sus habitantes. Cambios de ese estilo, que se acomodan a lo que nuestro complejo de inferioridad nos indica que debe ser una ciudad, transformarían a Barranquilla en una urbe muy diferente y menos agradable que la que está atrayendo a tanta gente por estos días.

No se trata de ir en contra del progreso, sino de conservar el estilo de ciudad que ha hecho de Barranquilla una solución de calidad de vida para muchas personas que la prefieren a la congestión, la contaminación y el ajetreo de nuestras demás capitales. Somos un pueblo que estuvo en estado de coma por un número alarmante de décadas y que ahora se despierta en pleno siglo XXI, con una infraestructura en su senectud y enfrentada a un aluvión de cambios y desafíos que no dan espera. En la prisa por transformarnos corremos el riesgo de dejar olvidada el alma amable y agradable de esta ciudad. En los largos años de nuestro letargo, precisamente porque no se exigió mucho de ella, esa alma pudo dormir tranquila, sin riesgo de ser suplantada durante el sueño por otra que no nos pertenecía. Ahora que estamos —por fin— entrando en un nuevo siglo de apertura y de cambios, en un círculo virtuoso que nos parecía inalcanzable, es cuando más tenemos que defenderla y encontrar la fortaleza que nos permita encarar el vendaval de la modernidad y decirnos: “Estas son las cosas que queremos salvar; las que vamos a amarrar para que no se las lleve el viento”.


Una versión de esta columna apareció en El Heraldo de Barranquilla el 8 de noviembre de 2011.

lunes, 31 de octubre de 2011

Una modernidad barranquillera (primera parte)

La mayoría de las personas con las que estudié el bachillerato no viven hoy en Barranquilla. Casi todas escogieron estudiar en universidades fuera de la ciudad; y las demás poco a poco fueron migrando a vidas profesionales en otros lados. A las generaciones que vinieron antes y después de la mía no les pasó lo mismo en la misma medida, ya que fue a nosotros a quienes la crisis de finales de los 90 nos coincidió con el momento en el que entrábamos al mundo laboral.

Cuento lo anterior porque recientemente he visto algo que a los de esta “generación perdida” (como la llama un amigo, que observó que en la reunión de exalumnos que organizó el colegio hace unos años los de nuestra edad eran los menos representados) nos parecía imposible: la migración parece haberse detenido y de repente la gente quiere venir, o volver, a Barranquilla.

Lo noté por primera vez el año pasado, cuando una pareja de amigos de Bogotá me contaban que renunciaban a sus empleos en la capital y se mudaban a nuestra ciudad por razones de calidad de vida: menos estrés y contaminación, y menos horas desperdiciadas en embotellamientos de automóviles. Luego, en los últimos meses, me he sorprendido de conocer cada vez más casos de personas —sobre todo de Bogotá, pero también de Antioquia y los Santanderes— que han escogido a Barranquilla como su nueva casa.

Ese cambio de tendencia no puede ser accidental y tiene que obedecer a alguna explicación. Pero hasta ahora Barranquilla no había ofrecido ni más, ni mejores oportunidades de trabajo que otras capitales del país; otros tienen que ser los motivos que atraen a los inmigrantes. Algunos, como mis conocidos bogotanos, lo hacen porque esperan tener aquí una vida más sana. Otros prevén —con razón— que la ciudad está a punto de convertirse en el epicentro de los cambios económicos que resultarán del tratado de libre comercio con Estados Unidos y buscan, estratégicamente, conseguir un buen puesto en la mesa. Otros están hastiados de las ineficiencias de la vida en las ciudades más grandes —costos de transporte y estacionamiento, trancones, horas perdidas en desplazamientos— y han preferido sacrificar sus puestos mejor pagados, y algunas ventajas en educación y vida cultural, por una vida a escala más humana.

Cualesquiera que sean los motivos, Barranquilla está de moda, ha vuelto a ser atractiva para colombianos y extranjeros, y la ciudad —o sea, todos nosotros— tiene que reflexionar sobre el tipo de modernidad que quiere tener.

Hablamos mucho sobre nuestros problemas de infraestructura, sobre la necesidad de ampliar vías y corregir nuestros vergonzosos arroyos; y todo eso es bueno y necesario. Pero mientas seguimos discutiendo nuestras manidas carencias, el siglo XXI nos ha caído encima con procesos y oportunidades que no dan espera. Acostumbrados, como lo estamos, a quejarnos de todo en la ciudad —y, tristemente, a quejarnos en lugar de exigir cambios de nuestros gobernantes, o al menos modificar en nosotros mismos las dejadeces más flagrantes de nuestro comportamiento— nos olvidamos que, también, la ciudad tienen cosas agradables, factores que personas de afuera sí están viendo y apreciando. El reto de nuestra modernidad es el de no permitir que el vendaval de cambios que se aproxima —que serán, muchos de ellos, positivos— arrastre de paso con las características más amables de la ciudad. Como veremos, no todas son compatibles con ciertas visiones importadas del progreso, y nuestra modernidad ha de ser, si ha de valer la pena, una modernidad barranquillera.


Una versión de esta columna apareció en El Heraldo de Barranquilla el 31 de octubre de 2011.