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lunes, 10 de mayo de 2010

Código abierto

Un fantasma recorre el mundo de las tecnologías de la información: el fantasma del código abierto. Contra él se han conjurado los proveedores de software tradicionales y algunas voces solitarias, pero nuestro gobierno, nuestras empresas y nuestras instituciones, sobre todo las educativas, deben estudiar su empleo. Otros países en desarrollo ya nos llevan ventaja.

Lo que se conoce como "código abierto" (open source) es una metodología de desarrollo de software de manera a veces voluntaria, otras veces pagada, por programadores individuales o por grupos cuyos miembros colaboran alrededor del mundo. Gracias a una licencia hábilmente redactada (existen varias y son de lectura obligatoria para los interesados en la propiedad intelectual; la más común es la GNU General Public License), que es un contrato que regula el uso que se le puede dar al software y su distribución, los programas creados bajo estos principios deben hacer disponible el código informático con el que fueron creados.

¿Qué se quiere decir con esto? Cuando utilizamos Microsoft Word, no tenemos acceso al código con el que se escribió ese programa: es un secreto industrial celosamente guardado por Microsoft. Tratar de adivinarlo sería como ir a un restaurante, ordenar un plato que nos gusta y preguntarse cuál será el secreto del chef. En cambio, cuando usamos un programa como Mozilla Firefox, un programa de código abierto, podemos, si la curiosidad nos lo indica, examinar la secuencia de instrucciones informáticas con la que se hizo. Esa secuencia está disponible: es "abierta". Es como si el chef amablemente nos entregara una copia de su receta por si quisiéramos repetir el plato en casa.

¿Por qué nos interesa una receta informática? Al fin y al cabo, el programa ya está escrito y pocos de nosotros vamos a usarla para reescribir o modificar un software existente. ¿Por qué entonces afirmo que el movimiento del open source le debe interesar a los alcaldes y a los ministros, a los legisladores y a las educadoras, a las gerentes y a los artistas? Porque el hecho de liberar el código fuente de un programa impide de facto (y de manera completamente voluntaria) que el autor del mismo pueda cobrar por su uso: el software abierto es, en un sentido que habría que matizar si el espacio lo permitiera, gratis.

Para nuestras empresas esto se convierte en un factor de competitividad, ya que las tecnologías abiertas permiten acceder a herramientas que antes eran solo del dominio de las grandes empresas y multinacionales. Una PYME que he asesorado utiliza hoy una combinación de Linux y mySQL, ambos sistemas abiertos con costo de adquisición cero, para realizar tareas que un gran banco o una aerolínea haría con Oracle a un costo de varios cientos de millones de pesos.

Para nuestras instituciones gubernamentales y educativas el estudio del uso de software abierto se vuelve un tema de índole ética, ya que se enmarca dentro del manejo de los recursos públicos. ¿Cómo justificar la compra de costosas licencias de software como Windows, Office u Oracle cuando existen alternativas abiertas de excelente factura cuyo costo de adquisición es cero? ¿Por que seguir atrapados en ciclos de actualizaciones cada tres o cuatro años con sus correspondientes recompras de licencias? El software libre debe comenzar a aparecer en la agenda de nuestros gobernantes como una herramienta necesaria para salir de la pobreza. Países ricos como Francia, Noruega y EEUU han impulsado su uso a nivel estatal, pero más relevante para nosotros es el caso brasilero, en donde el presidente Lula ha impulsado su uso como un factor "vital" de desarrollo gracias al cual se ahorra el estado 120 millones de dólares anuales, según The Economist.

La industria tradicional de software contraataca con argumentos que merecen ser escuchados, y es este un tema para tratarlo con más espacio. Pero por lo pronto debemos aprovechar el gran regalo que muchos programadores, la mayoría de ellos por amor al arte de la programación, le han entregado al mundo. No tenemos nada que perder sino nuestros costos de licenciamiento. ¡Usuarios del mundo, uníos!

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 10 de mayo de 2010.

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