/* Pedirle a Googlebot y otros que me dejen de indexar, para que no me penalicen en Google PageRank */ Código Abierto: julio 2010

lunes, 26 de julio de 2010

Generación Yoani

Como los pocos cafés internet que tiene la ciudad todos aplican la censura estatal, la mujer prefiere camuflarse en los hoteles para turistas, en donde no es bienvenida, pero es más libre la red. Su fisionomía le permite hacerse pasar por una americana o europea de visita en La Habana. Una vez adentro tiene que actuar rápido: lo que cobran por hora es la mitad de sus ingresos al mes. Saca de su cartera una memoria USB que tenía escondida, abre el archivo que contiene su nueva columna, y en un segundo lo despacha por e-mail a alguno de sus colaboradores en el mundo, que se encargará de subirlo a internet.

Así logra publicar sus textos Yoani Sánchez, una bloggera cubana de una joven generación que, hastiada de la precariedad, la escasez y el caos, ha encontrado maneras sorprendentes de burlar el cerco de los Castro y mostrarle al mundo como se vive en Cuba hoy.

Hablar de “acceso” a internet en Cuba es casi una contradicción. Toda la información que entra y sale del país es filtrada. Los correos electrónicos son leídos y los teclados de los computadores en sitios públicos están intervenidos. Buena parte de las páginas en la web –incluyendo el blog de Yoani– están bloqueadas dentro de la isla.

Pero como tantos otros regímenes retrógrados que aún sobreviven en el mundo, el de los Castro no ha entendido a lo que se está enfrentando. Todavía cree en un control estalinista de la información, basado en la delación, el espionaje y el miedo. Todavía piensa que la insularidad facilita la tarea de mantener a su pueblo aislado e ignorante.

Esta “Generación Y”, como se llama el blog de Yoani, encontró en las nuevas tecnologías la manera de hacerle pistola al régimen. Las páginas que están bloqueadas son copiadas a CDs que luego circulan de mano en mano por la isla. Hay un mercado negro en el que los funcionarios públicos con derecho a usar la red alquilan en las noches sus claves a quien quiera acceder por algunas horas. Y Raúl Castro dio un gran ejemplo de lo que cuesta no saber de tecnología cuando admitió el uso de teléfonos celulares, seguramente creyendo que aquel aparato solo servía para hacer llamadas. El celular se ha convertido en la principal arma de los twitteros cubanos, que han aprendido a comunicarse al exterior a través de mensajes de texto que en cuestión de segundos aparecen en la red. Ciudadanos solidarios en otros países les envían dinero para que recarguen sus teléfonos con tarjetas prepago.

Hoy, más que nunca, “la información quiere ser libre”, como nos advierte una consigna hacker. Antes se quemaban libros, se destrozaban imprentas, se cerraban diarios o se asesinaban periodistas; hoy, una vez que el mensaje se vuelve digital, no puede ser detenido. Ni siquiera puede deteriorarse. Cada copia es copia fiel, y puede pasar de una memoria a un CD, de un CD a una red de fibra óptica, de la red a una hoja de papel y del papel a la pantalla sin que se extravíe ni una letra. El costo de la reproducción y la difusión es marginal. ¿Qué Estado, por totalitario que sea, puede oponerse?

Ni siquiera se necesita una gran infraestructura de comunicación. Leyendo el blog de Yoani y sus mensajes en Twitter me llama la atención que con frecuencia usa la palabra kilobyte, que para nosotros, acostumbrados a hablar de megas y gigas, es casi arcaica. Supongo que en Cuba todavía las comunicaciones se miden en unidades de hace 30 años. Pero el muro del régimen no podrá ni siquiera con ese exiguo caudal, que más temprano que tarde terminará por resquebrajarlo.

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 26 de julio de 2010.

martes, 20 de julio de 2010

Matemática molusca

Cuentan que en el año del Señor 2010 un molusco predijo que España ganaría la final de la Copa Mundo, y acertó. Y como si fuera poco, antes había adivinado los resultados de siete partidos más.

¿Cómo logró el pulpo llamado Paul predecir los marcadores de ocho partidos consecutivos? Podríamos atribuírselo exclusivamente a la suerte, pero la probabilidad de acertar ocho veces es lo suficientemente baja como para ameritar mirar más de cerca.

Para comenzar excluyamos la idea de que el pulpo se sentía más atraído por una u otra de las banderas que se le mostraban. Demos el beneficio de la duda e imaginemos que estamos ante un pulpo honesto que no estaba entrenado y que no fue manipulado con trucos de luces, de colores o de tipos de comida.

Los guardianes de Paul supusieron que cada juego solo podía tener ganador y perdedor –es decir, que no habría empates–, o sea que la probabilidad de acertar en cada match era cara o sello; para cada juego Paul tenía un 50% de oportunidad de escoger al equipo ganador.

Como el resultado de cada juego es independiente del de los otros, las probabilidades se multiplican para obtener la probabilidad total de acertar en varios juegos. Para adivinar dos veces de seguido las posibilidades son del 25% (0,5 × 0,5 = 0,25). Para acertar tres veces las posibilidades se reducen a 12,5%, y así sucesivamente. Al llegar a ocho aciertos de seguido, correspondientes a los siete partidos en que jugó Alemania más la final entre España y Holanda, la probabilidad es pequeña: menos del 0,4%. ¡Eso equivale a un chance de 1 entre 256!

Sería difícil que un humano pudiera superar esa probabilidad, de apariencia tan remota. Todo parecería indicar que hay algo más que la simple suerte en juego y que Paul realmente tiene algún talento sibilino. Pero analicemos más de cerca esos números. Uno entre 256 es ciertamente una posibilidad pequeña, pero no tan pequeña como parece. Es casi la misma de sacar una escalera en un juego de póquer tradicional, lo que sucede con alguna frecuencia. Una manera de entenderlo es imaginar que, en promedio, de cada 256 pulpos u otros animales adivinatorios que se pusieran a la tarea de predecir los resultados de ocho juegos, alguno le pegaría a todos.

¿Será entonces que Paul fue elegido por el azar para ser ese animal con el mayor tino? En realidad no. No fueron ni el azar ni la suerte los que decidieron, sino nosotros, los observadores humanos del pretendido fenómeno.

La culpa recae sobre algo que en estadística se conoce como sesgo de supervivencia. Nosotros no escogimos a Paul a priori para que anunciara los resultados de los juegos sino que lo continuábamos consultando a medida que él iba acertando. Si en cualquier momento hubiera fallado, hubiera dejado de ser sensación y hubiéramos dejado de seguirlo.

En el mundo hubo loros, hipopótamos, puercoespines y hasta un tití emperador haciendo predicciones, y claro, cada vez que alguno fallaba perdía su interés para los medios. Los que acertaban sobrevivían, es decir que avanzaban al siguiente pronóstico, y así hasta el final. Como ya sabemos que en promedio solo se necesitaban 256 animales para que uno, por pura y física suerte, adivinara los ocho resultados, y como había miles de animales adivinos por todo el planeta, la certeza era casi total de que en alguna parte alguno lo lograría.

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 19 de julio de 2010.

[Nota: Más estrictamente, en promedio solo se necesitan 128 animales adivinando para surja un Paul, pero llegar a esa conclusión exigiría explicar el teorema del límite central, lo que estaría por fuera del alcance del texto y del espacio disponible en el periódico en el que se publica.]

lunes, 12 de julio de 2010

Una carta olvidada

El año pasado en mi casa encontramos traspapelada un carta que mi abuela en Francia le había enviado a mi padre en Colombia hacía más de cuarenta años. Transportada durante las décadas en cajas y maletas, la carta había sobrevivido no solo al paso del tiempo sino también a la azarosa trayectoria de mi padre por Bogotá, los Llanos, San Andrés, las selvas del Chocó, y Barranquilla. El papel estaba un poco envejecido y la tinta se había corrido en algunos lugares, pero por lo demás estaba bastante bien conservada. Prensada entre sus páginas había una flor seca que mi abuela había incluido para observar la tradición francesa de regalar un lirio el primero de mayo. 

Acerca de la distancia entre la palabra y la acción nos dice un adagio que el papel lo aguanta todo, pero esto también es cierto en otro sentido. El papel aguanta manchas y dobleces; se puede hasta romper y buena parte de su mensaje original permanece. Cuando es protegido adecuadamente en archivos y bibliotecas, al amparo del fuego y de la humedad, su durabilidad es asombrosa, como lo evidencian tantos libros y documentos centenarios que la humanidad ha guardado. Los mejores papeles alcalinos de fabricación actual pueden durar hasta mil años.

Mi generación, en cambio, ha escogido consignar la mayor parte de sus documentos, cartas y fotografías a medios magnéticos.  Es innegable la conveniencia de esto. Pero con esa miopía característica de los seres humanos que tantas veces nos impide ver las calamidades hasta que las tenemos encima, llenamos discos duros de valiosa información ignorando la precariedad de ese modo de almacenamiento.


Un disco duro es un milagro de la técnica. “Son tan complejos que es increíble que funcionen,” dice Steve Gibson, un reconocido experto. Los datos son registrados en platos imantados que giran a miles de revoluciones por minuto. Suspendido a fracciones de milímetro por encima del plato –como la aguja de un tocadiscos– está el cabezal de lectura. La densidad de información es tal que bibliotecas enteras caben en un par de pulgadas.

Esa pequeña maravilla de la ingeniería funciona muy bien hasta que deja de funcionar. Son muchas las cosas que pueden salir mal. Una descarga eléctrica puede borrar miles de megabytes en un segundo. Un impacto que haga que el cabezal de lectura toque el plato es, a escala microscópica, como un Airbus estrellándose en medio de una gran ciudad. Lo cierto es que tarde o temprano, todos los discos duros perecen.

Cuando un libro se moja o se quema solo se pierde ese libro, y para destruir el conocimiento del mundo antiguo tuvo que arder Alejandría. Pero cuando un disco duro se estropea o se extravía desaparecen de un tajo años de información – basta con un golpe, un robo, un relámpago. Por eso es esencial informarse acerca de métodos para salvaguardar los datos. El hábito de realizar copias de respaldo, por ejemplo, es una actividad cotidiana tan recomendable como cepillarse los dientes o hacer ejercicio. De lo contrario es poco probable que nuestra generación y las que nos sigan tengan muchas ocasiones de vivir la alegría y la nostalgia de encontrar una carta olvidada.

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 12 de julio de 2010.

martes, 6 de julio de 2010

Un paso hacia 2001 (segunda parte)

Pocas compañías tienen una historia de innovaciones tan asombrosa como IBM, que en pocos lustros logró deshacerse del overol de fabricante de maquinaria y reemplazarlo por el traje de consultor en inteligencia de negocios. De empresa asociada tanto con máquinas de escribir como con grandes computadores que ocupaban cuartos enteros, pasó a definir la era del computador personal de escritorio con el IBM PC. Irónicamente, la principal aplicación del PC, el procesador de palabras, acabó con las máquinas de escribir; esa división tuvo que ser vendida. Y luego los PCs se volvieron commodities, lo que encaminó a la empresa por un doloroso proceso que la obligó a reinventarse y la tuvo al borde de la bancarrota. Sobrevivió. Hoy fabrica chips especializados para videojuegos, simuladores y supercomputadores. Percibiendo que el futuro de la computación está en la nube y no en el escritorio, también se ha convertido en un gigante de los servicios de software corporativo. 

Una de las obsesiones de la empresa en los últimos veinte años ha sido la creación de máquinas inteligentes. A mediados de los noventa su computador Deep Blue venció al gran maestro Gary Kasparov, anunciando así una nueva era en el ajedrez en la que el mejor de los humanos ya nunca superaría a las máquinas. Pero por rutilante que fuera ese marcador –máquinas 1, humanos 0–, no había mucha utilidad en el mundo de los negocios para un aparato experto en ajedrez.

IBM necesitaba algo en lo que sus clientes estuvieran dispuestos a invertir dinero, y buscó crear un sistema que pudiera entender, ya no las reglas sencillas de un juego de mesa, sino cualquier tema. Un sistema que contestara preguntas generales. Un interlocutor culto.

A finales del siglo pasado esa tarea parecía imposible. La disciplina académica de la inteligencia artificial no parecía ir a ningún lado, y además una máquina así necesitaría una fuente enorme de información, una especie de enciclopedia global. ¡Habría que alimentar a la máquina con casi todo el conocimiento humano!

Ese, que era el principal obstáculo, al final no lo fue. Nosotros mismos a través del internet terminamos interconectando todos nuestros sistemas de información y creamos esa base de conocimiento. IBM tenía su megaenciclopedia. Ahora tendría que enseñarle a su nueva creación a pensar.

Si el nuevo cerebro realmente piensa o no es un debate filosófico, pero por lo menos sí logra un truco muy sofisticado: simula pensar. Utilizando modelos estadísticos, analiza preguntas palabra por palabra y las compara con su inagotable despensa de datos hasta hallar correlaciones que indiquen que tiene la respuesta correcta. La mayoría de las veces acierta. Otras veces, como los humanos, se equivoca. Y a veces, también como los humanos, se equivoca de maneras misteriosas, bellas, cómicas. El efecto que me produce el video que IBM ha montado en la red es como el de un encuentro con una especie inteligente de otro planeta: extrañeza y reconocimiento a la vez, asombro y un poco de temor.

La nueva máquina se llama Watson como alusión a su trabajo de detective que busca la aguja de una respuesta en el inmenso pajar del conocimiento, pero sobre todo en honor a Thomas Watson, el presidente más famoso de la historia de IBM, quien en 1935 registró como marca un eslogan que mando a imprimir en todos los cuadernos, documentos, y hasta en la paredes de la empresa: “PIENSA”.

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 6 de julio de 2010.