/* Pedirle a Googlebot y otros que me dejen de indexar, para que no me penalicen en Google PageRank */ Código Abierto: Desobediencia virtual

martes, 24 de agosto de 2010

Desobediencia virtual

En la intersección entre el arte, la tecnología, y el radicalismo político se incuban extrañas criaturas. A finales de los 80’s el Critical Art Ensemble, un colectivo de artistas en Estados Unidos, buscaba un nuevo lenguaje en las artes que estuviera a la altura de los cambios sociales de la era digital. Sus herramientas estaban en la electrónica, el video, el performance, y hasta la biología. Uno de sus temas preferidos era la crítica a la biotecnología. En un performance famoso, los participantes atónitos fueron puestos en contacto con cepas de bacterias – inocuas, según los creadores del movimiento. La intención era exponer a los asistentes a microorganismos para hacer una reflexión sobre su aceptación o rechazo a la manipulación genética. Al FBI no le causó gracia y encerró a uno de los fundadores del grupo bajo cargos de bioterrorismo.

En compañía de estos practicantes de la provocación como arte se formó Ricardo Domínguez, un profesor de la Universidad California en San Diego – una entidad pública – que ha despertado la antipatía de las autoridades norteamericanas con su nuevo proyecto: un teléfono celular que ayuda a los mexicanos intentando entrar ilegalmente a EEUU a encontrar agua y apoyo para sobrevivir su travesía por el desierto. “Es una Estatua de la Libertad móvil”, dice Domínguez, aludiendo al monumento que le daba la bienvenida a los inmigrantes que llegaban a comienzos de siglo por el puerto de Nueva York. Valiéndose de los satélites del sistema GPS, el celular actúa como una brújula inteligente que orienta al caminante hacia fuentes de agua y lugares de reposo, y lo aleja de los perros de la guardia fronteriza y las miras de los rifles de la milicia civil. El dispositivo también recita frases de aliento: “Que el camino se levante a tu encuentro y el viento esté siempre a tus espaldas”.

Al menos esa es la idea. En la realidad el prototipo construido es un aparato hechizo y crudo, una colcha de retazos de buenas intenciones fácilmente superada por cualquier GPS de bolsillo. Pero a Domínguez y sus colaboradores no les interesa manufacturar el producto para ponerlo en manos de quienes lo podrían usar. Por una parte, eso costaría dinero, y no muchos querrán financiar una empresa que será torpedeada jurídicamente y que atraerá publicidad negativa en abundancia. Algunos contribuyentes de California ya se han quejado porque sus impuestos se empleen en pagar el salario de alguien que busca favorecer la inmigración ilegal. Por otro lado, las motivaciones de este proyecto son ideológicas. Ante las protestas de individuos y autoridades, el profesor apela a la tradición de la desobediencia civil como mecanismo de protesta y cambio social. Si viola la ley, aduce, es para denunciar una injusticia.

Me parece una respuesta vacía. Que existan o no injusticias alrededor del problema de la inmigración es uno de los grandes debates de las sociedades modernas; no se trata de discutir eso. Pero Gandhi, King y Mandela, los apóstoles de la religión de la no violencia que invoca Domínguez, no se contentaron con manifestaciones conceptuales de sus ideas: inspiraron a miles de seres humanos de carne y hueso a que usaran sus propios cuerpos como fuerza de contención o como cuñas para abrir una grieta en una sociedad cerrada. Al lado de una marcha como la de Martin Luther King en 1963, el celular de Domínguez, hecho para exhibirse en un museo como símbolo de rebeldía –para ponernos, supuestamente, a pensar–, parece un chiste. 

Si de verdad se quiere contribuir a mejorar la situación de los inmigrantes usando herramientas tecnológicas hay mil maneras de hacerlo mejor. Las más importantes saldrán de manera orgánica de ellos mismos, que, por ejemplo, ya usan las redes sociales para organizarse políticamente en un país en el que políticamente no existen. De allí saldrán las reformas al sistema, no de una boutade inconsecuente como ésta que se ha pretendido hacer pasar por activismo.

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 23 de agosto de 2010.

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