/* Pedirle a Googlebot y otros que me dejen de indexar, para que no me penalicen en Google PageRank */ Código Abierto: septiembre 2010

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Elogio de la desigualdad

Hay que alegrarse por los resultados de las elecciones parlamentarias del domingo en Venezuela, en las que el chavismo perdió el control absoluto de la única cámara. Hay que esperar que ese resultado no sea usado por el caudillo para legitimar su régimen, y que tampoco se convierta en el preludio de una usurpación del poder por vías antidemocráticas más adelante. Pero de los testimonios de los representantes que obtuvieron asientos en la Asamblea, y también de los de algunos votantes que he escuchado esta semana en medios venezolanos, se percibe que debajo de los fenómenos opuestos del chavismo y del antichavismo se mueve una corriente común muy peligrosa, tanto para Venezuela como para el continente. Una idea que es culpable de que lleguen personas como Hugo Chávez al poder.

La oposición, entre alegrías y felicitaciones, habla y actúa como si algunas de las nociones que defiende Chávez fueran correctas, solo que están en manos de la persona equivocada. Nadie se atreve a llamar a sus ideas del “bolivarianismo” y del “socialismo del siglo XXI” como los disparates que son. Esto es un error, porque las ideas de Chávez son malas, muy malas. Y la más mala de todas, la más peligrosa, porque es un veneno que sabe rico pero que carcome desde adentro una vez que ha sido ingerido, es la idea de que de lo que adolecen nuestras sociedades empobrecidas para lograr la justicia social es de una cosa nebulosa que llaman “igualdad”.

El tema de “lo social” siempre ha sido de los preferidos del político, desde el más de izquierda hasta el más reaccionario. “Lo social” es el rímel del político; nunca sale a la plaza pública sin él en la cartera. En mayor o menor medida, mintiendo acerca de mejorar la condición de los desfavorecidos es como se ganan las elecciones en los países pobres (y en ocasiones en los ricos también). Y no es que ese discurso conquiste directamente a los votantes pobres. A los pobres en muchos casos no hay que seducirlos porque se les compra con dinero, con bultos de concreto o con tamales –como decimos en Colombia–, o más insidiosamente con las prebendas asistencialistas de los programas “sociales”. No, muchas veces el discurso populista a quienes más embruja es a las clases medias, cuyo complejo de culpa por el contraste evidente entre su relativa opulencia y la miseria que ven en las calles se mitiga votando por el demagogo.

Como la igualdad es la meta, un componente del discurso caudillista es la lucha contra la “desigualdad”. Y no contra cualquier desigualdad, la desigualdad “social”, por supuesto. Pero la desigualdad no es causa de las injusticias sociales, es consecuencia de los sistemas económicos, que son imperfectos por naturaleza. Mientras sigamos en esta inversión de la causa y el efecto seguiremos a la merced de la demagogia populista-indigenista-revolucionaria-antiyanquista-anticapitalista de Hugo Chávez y sus huestes, que pretenden hallar perpetradores de miseria en todo el que no tenga la virtud de ser pobre, indio, marxista, gringófobo o proletario. Al caudillo no le preocupa eliminar la desigualdad tanto como usarla hábilmente para atizar una guerra de clases que solo le conviene a él.

La desigualdad en el ingreso ni siquiera es un hecho indeseable per se. En las economías de mercado es normal que haya individuos que ganen más que otros, ya que distintas personas asumen distintos riesgos y esfuerzos en la vida. Algunos de los arriesgados, la minoría, prosperan y son recompensados por el mercado. Otros ganan más porque han dedicado más tiempo a su educación, o, como los artistas y deportistas de élite, porque tienen talentos especiales. Y algunos, la mayoría, estarán satisfechos con arriesgar menos y vivir con ingresos inferiores. Es cierto que la realidad de nuestros países desmiente ese orden esperado. Pero no es menos cierto que si nos oponemos a esas recompensas diferenciales no habrá en la sociedad incentivos para que surjan empresarios, investigadores, cirujanos, cantantes, futbolistas.

La única manera que se conoce de mejorar permanentemente el nivel de vida de las sociedades es fomentando la creación de industria para que se genere empleo. Si con el tiempo esas industrias mejoran su competitividad ofrecerán tanto productos como empleos de mejor calidad. Cuando los países pobres logran poner a funcionar ese círculo virtuoso, mejoran las condiciones de todos sus habitantes, no solo las de los más pobres. Eso inevitablemente lleva a que los que están arriba sean más ricos, pero, ¿qué importa eso si los de abajo se benefician también? Lo perverso del discurso “social” como lo predica la izquierda latinoamericana es que en el fondo desprecia ese escenario. El valor supremo de la izquierda es la “igualdad”, y si no se puede subir a los de abajo –cosa que el populista nunca puede, porque su gobierno está tomado por la incompetencia y la corrupción–, hay que bajar a los de arriba. Si los pobres no pueden ser más ricos, al menos que los ricos sean pobres, para llegar a la anhelada igualdad social. Quien dude de que esto es precisamente lo que está pasando en Venezuela tiene los ojos vendados. “Tan reciente como en la década de los sesentas, Venezuela era la economía más rica de América Latina –afirmaba hace dos semanas The Economist–. Ha sido reducida a una existencia de subsistencia.”

Si unos van a estar jodidos, que se jodan todos. Esa posición absurda fue la que llevó a Winston Churchill a afirmar que “el socialismo es el evangelio de la envidia, su virtud inherente es la repartición igual de la miseria.

El problema de la pobreza no está en que exista Bill Gates, sino en que no existan más como él, que creen empresas exitosas para su enorme beneficio y también para el del resto de la sociedad. Si Ud. está leyendo esto en internet en mi ciudad, es probable que esté usando una red de alguna de las firmas de Carlos Slim, el hombre más rico del mundo. Si no, es seguro que estará usando la red de alguno de sus competidores, que para poder competir con el mexicano tuvieron que ponerse al mismo nivel tecnológico de sus empresas. Dé gracias que no tiene que usar la red de la antigua empresa pública de telecomunicaciones de Barranquilla, empresa de talante “social” cuyas líneas telefónicas había que dejar descolgadas durante 20 minutos para que “dieran tono”, antes de poder hacer una llamada. La creación de empresas exitosas nos beneficia a todos. De paso también enriquece extraordinariamente a unos pocos seres humanos. ¿A quién, si no a un envidioso, puede molestarle eso?

Hay que dejar de mirar hacia arriba para buscar los motivos de la miseria y mirar, en cambio, a la incompetencia de aquellos gobernantes que se dicen “sociales”, y a la corrupción que inevitablemente acompaña sus inevitablemente hipócritas buenas intenciones. De manera individual cada uno contribuye también, educándose, trabajando, volviéndose un individuo más útil y productivo y, en el mejor de los casos, convirtiéndose en uno de esos líderes que hacen girar las ruedas del crecimiento, y que dan trabajo a los demás. Trabajar es humano, generar empleo es divino.

martes, 28 de septiembre de 2010

Cómo desmantelar una bomba atómica

En junio de este año, en Bielorrusia, un equipo de investigadores en seguridad informática descubrió un virus que aprovechaba debilidades en el sistema operativo Windows para infectar computadores. Esto en si no tiene nada de inusual –las firmas de seguridad encuentran virus nuevos casi a diario–, pero este hallazgo contenía novedades que confundieron a los expertos.

Los virus informáticos no tienen ningún elemento biológico. Son pequeños fragmentos de información –de códigos informáticos– diseñados malintencionadamente para producir copias de si mismos y propagarse de computador en computador como un virus biológico se propaga de organismo en organismo. Pueden pasar de una máquina a otra de muchas maneras: a través de correos electrónicos, de redes infectadas, de memorias USB, o de archivos que ocultan el virus y que uno abre desprevenidamente. Pueden ser inofensivos –su autor puede ser un bromista, como un niño que toca el timbre de una casa y sale corriendo–, pero también pueden hacer grandes daños: borrar archivos, robar claves bancarias para cometer fraudes financieros, o secuestrar la máquina infectada y ponerla a trabajar para otros en actividades ilegales.

Para infectar la mayor cantidad de máquinas, los virus de computador utilizan la misma estrategia que los biológicos: la promiscuidad. Brincan con facilidad de víctima en víctima y basta un contacto mínimo con un dispositivo infectado para contagiarse. Pero el nuevo virus, en lugar de tratar de infectar el mayor número de máquinas posibles, estaba diseñado para preferir solo equipos que corrieran WinCC, un poco conocido programa creado por la empresa alemana Siemens para controlar sistemas industriales.

Otra cosa que llamó la atención fue que el nuevo virus contenía secretos industriales y claves privadas de Siemens que son muy difíciles y costosos de conseguir. Además de la información confidencial, la sofisticación técnica del virus indicaba que no podía ser la creación de un vándalo juvenil trabajando desde su cuarto, ni tampoco la de una banda de criminales informáticos comunes. Nunca se había descubierto uno tan avanzado y eficaz. Detrás del virus, llamado Stuxnet, tenía que haber un grupo brillante, conectado, y bien financiado. Solo un Estado tendría acceso a recursos así.

Stuxnet tenía otra particularidad. Se esparcía por el mundo buscando computadores con el software de Siemens, pero cuando los encontraba, en instalaciones industriales, generalmente no hacía nada. Solamente al encontrar una situación muy específica intentaba sabotear el sistema infectado.

A mediados de 2009, se supo de un accidente grave que sacó de funcionamiento una de las principales plantas de enriquecimiento de uranio en Irán. Aunque no se puede confirmar, se cree que el incidente pudo haber sido causado por Stuxnet, cuyo propósito sería atacar instalaciones nucleares en ese país. El virus era un arma. Como una especie de misil dirigido, fue soltado por el mundo para que poco a poco se aproximara a su objetivo y, una vez lo infectara, lo destruyera. Todo bajo el mayor sigilo, evitando sospechas y conflictos diplomáticos. No se puede afirmar con certeza que haya sido hecho por Stuxnet, ni tampoco se sabe quien estaría detrás del ataque: ¿EEUU? ¿Israel? Pero de lo que no quedan dudas es de que la tecnología viral como arma de guerra ya existe y funciona; entramos en la era de la ciberguerra.


Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 27 de septiembre de 2010.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

La sociedad de la pantalla

En las últimas dos décadas hemos vivido la consolidación de la sociedad de la pantalla.

¿Quién lo hubiera previsto? Aquellos primeros televisores en blanco y negro, grandes y aparatosos, serían los precursores remotos de un gran cambio en la manera de ser y de vivir. La metáfora de rigor para la televisión era la de una ventana que permitía ver el mundo que estaba más allá de las paredes del hogar burgués. Pero ese paisaje que nos mostraba la caja mágica siempre fue engañoso. En lugar de enseñarnos otras voces, otros ámbitos, el mundo de la TV estaba hecho para reafirmar una escala de valores que servía principalmente al objetivo de hacernos comprar cosas. Para eso era importante que todo pareciera exitoso, atractivo, y feliz. O al menos inofensivo. ¿Quién iba a querer que su producto patrocinara un mundo triste?

El cine tenía mayor libertad para mostrar la variedad de la vida, pero el cine había comenzado a perder la batalla contra la TV desde el día que el primer Telefunken ingresó a la sala de una casa.

Con la transmisión satelital y la fibra óptica las imágenes se multiplicaron y se inmediatizaron. El computador ya estaba inventado, pero aún no tenía pantallas. Se comunicaba con el exterior a través de patrones de huecos perforados en tarjetas de cartón. Cuando por fin pantalla y computador se encontraron el flechazo fue fulminante y el matrimonio indisoluble. El mundo cambió.

Se abarataron los componentes electrónicos, los computadores se achicaron y se volvieron ubicuos, llegó la red de redes y los unió a todos. Fue la explosión. Hoy vivimos rodeados de pantallas en el cuarto, en la sala de la casa, y en la oficina; en el carro y en los aviones; en las salas de espera de los consultorios y en las colas de las cajas en los supermercados; en el celular, en el iPod, en el iPad. Todos vivimos con un pie en el mundo real y otro en el mundo virtual; las pantallas son las puertas por las que ingresamos a ese otro mundo. Ya ni siquiera se requiere de la intermediación de un teclado: el furor actual apunta hacia las pantallas sensibles al tacto. Pronto ni siquiera será necesaria la participación de ningún aparato, pues se implatarán micropantallas directamente en los ojos. Ya han nacido los niños y niñas que serán los primeros organismos biónicos de la historia, y que anunciarán el fin de la evolución humana.

Pero la hegemonía de la pantalla no debemos interpretarla únicamente a la luz de la técnica. Recordemos que en su definición original ‘pantalla’ designa algo que sirve para mitigar la luz: no para ver mejor, sino para oscurecer y protegernos de la claridad. Rescatemos también el sentido caribe del término ‘pantallear’, que consiste en tratar de  impresionar aparentando lo que no se es. Ese sentido es también el nuestro, ya que las pantallas de hoy, a diferencia de las de antes, son también un canal por el que nosotros entramos al mundo. Y cuando cruzamos esa membrana, a través de Facebook, de Twitter, de nuestros blogs y comentarios, lo que mostramos es muy distinto y distante de la realidad.

¿Alguna vez se ha visto una foto de alguien triste en Facebook? No. Todos ríen y se felicitan, y la vida se muestra fácil, siempre alegre, hasta extática. Se ha truncado al menos la mitad del mundo, la mitad en la que existen las lágrimas, la carencia y el caos. El producto que estamos anunciando es el de nosotros mismos, y cada uno tiene un pequeño departamento de mercadeo que filtra y corrige la imagen que de si transmite, para poder aparecer exitoso, atractivo y feliz (pero ya nunca inofensivo).

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 20 de septiembre de 2010.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Barranquilla, 2023

El tren se detuvo en la estación San Nicolás, en medio de un aguacero. Un pasajero miraba por la ventana una vaca que se había resguardado de la lluvia bajo el techo de la plataforma.

Las gotas golpeaban con fuerza el vidrio del vagón. El pasajero miró su celular. La señal no era buena. “Debería bajarme a revisar el pronóstico –pensó–, adentro debe haber un meteoholograma.” En los últimos años los habían instalado por todos lados; se habían vuelto indispensables los pronósticos de corto plazo desde que el clima se había descarrilado. Pero apartó la idea. Con seguridad no habría luz. En Barranquilla siempre se iba la luz cuando llovía.

Hubiera deseado evitar la parada en esa ciudad. El viaje de Cartagena hasta Santa Marta prefería hacerlo por carretera, en su Ford eléctrico, sin paradas. Pero en invierno era imposible. El mar de leva cubría trechos largos de la autopista entre Barranquilla y Santa Marta –a veces durante semanas– y hacía imposible pasar por ahí. Como en muchas áreas costeras del mundo, ya se veían circular carros anfibios, pero aún teniendo uno habría que recargar baterías para el viaje, y en la ciudad no habría luz. Menos mal existía el tren.

Aún así, cualquier cosa hubiera sido mejor que tener que detenerse allí en un día de lluvia. Muchos años antes había vivido felizmente allí. Pero la ciudad ahora era otra. En la década pasada se comprendió por fin que el clima se había desquiciado para siempre; pero ya era demasiado tarde. En otras ciudades en riesgo se habían armado diques, desagües, sistemas de alerta. Pero en Barranquilla la costumbre de convivir con los arroyos y los desastres invernales impidió que algo se hiciera para asimilar los cambios. No fue por falta de advertencias; hubo muchas. En los primeros años del siglo el mar había derrumbado el viejo puerto. Las tormentas se volvían más violentas, más impredecibles. Las inundaciones y los damnificados se acumulaban. Con cada aguacero los arroyos se adueñaban más de la ciudad, y la ciudad terminó por perder la batalla.

Recordó una broma que decían los barranquilleros: como cada vez que llovía la ciudad se quedaba sin luz, ¡que se usen los arroyos para generar electricidad! Pero ese chiste nunca hizo reír a ninguno, y menos a las empresas que se habían instalado allí en las primeras dos décadas del siglo, atraídas por la cercanía al mar y al río, y por el nuevo tren regional. Tuvieron que salir, ahuyentadas por el agua y la infraestructura destruida.

Los meteorólogos, llamados para explicar las tormentas, de poco servían: no había regularidad en las temporadas de sol y las de lluvias, cada vez el calor era peor, la borrasca más agresiva, el vendaval más devastador. Hasta la legendaria alegría de sus habitantes se fue enmoheciendo con el tiempo, entre el abandono y el desempleo. Se tornaron pardos y taciturnos, como moradores de pantano. Los más jóvenes emigraron; la ciudad envejeció. Algún año el Carnaval se tuvo que cancelar por cuenta del diluvio. Al año siguiente lo mismo. Al otro año se dejó de intentar.

El pasajero miró por la ventana a la vaca. “Seguramente viene de la Calle 30 –pensó–, huyéndole al arroyo.” El tren no saldría por un buen rato. Había que esperar a los pasajeros que no podían llegar por la lluvia. Quería salir del vagón, pero con esa lluvia no había donde ir. Solo quedaba esperar a que escampara.

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 13 de septiembre de 2010.

martes, 7 de septiembre de 2010

Alfa inconstante

Hay números que son tan importantes que llevan el nombre de su descubridor o inventor, como el número de Avogadro o los números de las series de Pascal y de Fibonacci. Por encima de ellos en la sociedad de los números están las cantidades tan distinguidas de las demás que se les ha asignado una letra para nombrarlas. Es el caso de la velocidad de la luz, que siempre se denota con la letra c, y el de la fuerza de gravedad, que se indica con la g.

En esta aristocracia de las cifras, hay una tan fundamental que lleva por título alfa. Es una prueba de su rango el que se le hubiera asignado, por encima de la popular pi, de la venerable beta, de la inescrutable iota, la primera letra del alfabeto griego, que antes solo Dios había reclamado para si cuando en el Apocalípsis afirma ser el alfa y el omega.

Para los físicos, alfa –que también se conoce como la constante de estructura fina y cuyo valor es aproximadamente 1/137– es un objeto de fascinación a la vez que un enigma. Richard Feynman, un excéntrico profesor y Premio Nobel de Física, dijo:

–Es uno de los misterios más endiablados de la física. Todos los buenos físicos teóricos colocan ese número en la pared y se inquietan sobre él. Podría decirse que la mano de Dios escribió ese número, pero que no sabemos cómo movió el lápiz.

Max Born, otro Premio Nobel, decía que explicar alfa era el problema central de la ciencia.

Alfa se necesita para describir la fuerzas electromagnéticas que existen en el núcleo de los átomos. No se sabe por qué tiene el valor que tiene, pero se sabe que el universo como lo conocemos no podría existir si ese valor fuera distinto. Bastaría una diferencia del 4% para que fuera imposible la química orgánica y por ende la vida. Diferencias mayores harían imposible la materia – no habría oxígeno, ni hidrógeno, ni hierro; o sea, no habría respiración, ni agua, ni acero. No existirían las estrellas y los planetas. Todos los átomos colapsarían en una plastilina informe o se dispersarían como partículas indistintas. 

Esa posibilidad nunca le ha quitado el sueño a los físicos porque siempre se ha pensado que alfa es constante, una cantidad que nunca puede ser otra en ningún lugar del tiempo o del espacio. La velocidad de la luz, por ejemplo, es así. Siempre es de 300 mil kilómetros por segundo (se demora unos 8 minutos en llegar desde el Sol hasta la Tierra), en cualquier parte del universo y en cualquier era de su historia.

Pero la semana pasada se asomó lo impensable. Mediciones recientes hechas en radio observatorios, que desde distintas partes del globo esculcan radiaciones extragalácticas en los confines del cielo, han encontrado, en regiones distantes del universo, valores extraños de alfa. Estos alfas inconstantes se encuentran en el pasado remoto, a 9 billones de años luz de distancia – lo suficientemente lejos para no tener nada que ver con nosotros. Pero de llegar a confirmarse, las consecuencias del descubrimiento serían un terremoto para la ciencia y la filosofía.

Las leyes de la física, para ser leyes, tienen que aplicar por igual en todo el cosmos. Pero como esas leyes dependen del valor de alfa, podrían variar según el lugar o el momento: una paradoja insostenible. Y nosotros estaríamos viviendo en una improbable comarca del espacio-tiempo, inexplicablemente propicia a las formas de vida basadas en el carbono.

Todo esto comulga muy mal con la afirmación que hizo Stephen Hawking en la misma semana, según la cual Dios no creó el universo, ya que las leyes de la física bastan para explicar todo lo que existe. Ahora resulta que esas leyes tal vez no sean tan sólidas como se creía. Recuerdo que un amigo astrofísico –y ateo consumado– me decía acerca de las vicisitudes de la cosmología:

–Cada vez que nos acercamos al final de la carrera nos corren la meta. Es como si Dios nos quisiera mamar gallo.

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 7 de septiembre de 2010.