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miércoles, 22 de septiembre de 2010

La sociedad de la pantalla

En las últimas dos décadas hemos vivido la consolidación de la sociedad de la pantalla.

¿Quién lo hubiera previsto? Aquellos primeros televisores en blanco y negro, grandes y aparatosos, serían los precursores remotos de un gran cambio en la manera de ser y de vivir. La metáfora de rigor para la televisión era la de una ventana que permitía ver el mundo que estaba más allá de las paredes del hogar burgués. Pero ese paisaje que nos mostraba la caja mágica siempre fue engañoso. En lugar de enseñarnos otras voces, otros ámbitos, el mundo de la TV estaba hecho para reafirmar una escala de valores que servía principalmente al objetivo de hacernos comprar cosas. Para eso era importante que todo pareciera exitoso, atractivo, y feliz. O al menos inofensivo. ¿Quién iba a querer que su producto patrocinara un mundo triste?

El cine tenía mayor libertad para mostrar la variedad de la vida, pero el cine había comenzado a perder la batalla contra la TV desde el día que el primer Telefunken ingresó a la sala de una casa.

Con la transmisión satelital y la fibra óptica las imágenes se multiplicaron y se inmediatizaron. El computador ya estaba inventado, pero aún no tenía pantallas. Se comunicaba con el exterior a través de patrones de huecos perforados en tarjetas de cartón. Cuando por fin pantalla y computador se encontraron el flechazo fue fulminante y el matrimonio indisoluble. El mundo cambió.

Se abarataron los componentes electrónicos, los computadores se achicaron y se volvieron ubicuos, llegó la red de redes y los unió a todos. Fue la explosión. Hoy vivimos rodeados de pantallas en el cuarto, en la sala de la casa, y en la oficina; en el carro y en los aviones; en las salas de espera de los consultorios y en las colas de las cajas en los supermercados; en el celular, en el iPod, en el iPad. Todos vivimos con un pie en el mundo real y otro en el mundo virtual; las pantallas son las puertas por las que ingresamos a ese otro mundo. Ya ni siquiera se requiere de la intermediación de un teclado: el furor actual apunta hacia las pantallas sensibles al tacto. Pronto ni siquiera será necesaria la participación de ningún aparato, pues se implatarán micropantallas directamente en los ojos. Ya han nacido los niños y niñas que serán los primeros organismos biónicos de la historia, y que anunciarán el fin de la evolución humana.

Pero la hegemonía de la pantalla no debemos interpretarla únicamente a la luz de la técnica. Recordemos que en su definición original ‘pantalla’ designa algo que sirve para mitigar la luz: no para ver mejor, sino para oscurecer y protegernos de la claridad. Rescatemos también el sentido caribe del término ‘pantallear’, que consiste en tratar de  impresionar aparentando lo que no se es. Ese sentido es también el nuestro, ya que las pantallas de hoy, a diferencia de las de antes, son también un canal por el que nosotros entramos al mundo. Y cuando cruzamos esa membrana, a través de Facebook, de Twitter, de nuestros blogs y comentarios, lo que mostramos es muy distinto y distante de la realidad.

¿Alguna vez se ha visto una foto de alguien triste en Facebook? No. Todos ríen y se felicitan, y la vida se muestra fácil, siempre alegre, hasta extática. Se ha truncado al menos la mitad del mundo, la mitad en la que existen las lágrimas, la carencia y el caos. El producto que estamos anunciando es el de nosotros mismos, y cada uno tiene un pequeño departamento de mercadeo que filtra y corrige la imagen que de si transmite, para poder aparecer exitoso, atractivo y feliz (pero ya nunca inofensivo).

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 20 de septiembre de 2010.

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