/* Pedirle a Googlebot y otros que me dejen de indexar, para que no me penalicen en Google PageRank */ Código Abierto: Sodoma y Gomorra

domingo, 21 de noviembre de 2010

Sodoma y Gomorra

Nada revela tanto sobre nuestro consumo insostenible de aparatos electrónicos como el que hoy sea mejor, o más barato, reemplazarlos que repararlos. Cuando yo era niño un televisor o una nevera eran un tesoro en el hogar; cambiarlos como consecuencia de algún daño menor era una extravagancia, cuando no económicamente inviable. Se conseguían repuestos, las cosas se reparaban. Las idas al taller de electrónica hacían parte de la vida citadina, como las visitas al mecánico, al peluquero, o al odontólogo. En cambio, hoy, aparatos tan complejos como un reproductor de DVD, un teléfono celular, y hasta un computador portátil, son desechados con menos consideración que la que produce salir de una valija vieja.

¿Qué importa, si sale más barato así?”, pregunta el homo economicus, y no se puede negar que tiene algo de razón. Pero basta con abrir ese cajón que todos tenemos en la casa o la oficina, el que está lleno de cables, de adaptadores, y de cachivaches afiliados a aparatos viejos que ya nunca volveremos a usar, para inquietarse sobre nuestro comportamiento como consumidores. En un mundo de recursos en disminución, ¿en qué momento nos volvimos tan descuidados y derrochadores?

¡Y qué faltas tan graves a la estética y al diseño! ¿No podían diseñarse objetos con una mayor vida útil, con mayor posibilidad de reuso? (¿O, como mínimo, adaptadores eléctricos que sirvan para varios aparatos?)

No: la industria electrónica se ha volcado completamente hacia un modelo de obsolescencia programada, en el que se da como normal que un celular dure dos años, y un computador portátil, máximo cinco. Aún si el computador no se daña durante su vida útil, lo que es común, los fabricantes ya no permiten actualizarlos como hasta hace unos quince años, cuando todavía se podía repotenciar el equipo cambiando el procesador viejo por uno más rápido. Hoy la única opción es comprar todo de nuevo.

El lado más sórdido de este modelo, en donde resurgen en venganza los costos reales de nuestra adicción al consumo desechable, está en los residuos. Lo que botamos cuando reemplazamos el computador o el televisor de plasma no es tecnología trivial, sino rayos láser, pantallas de cristal líquido, microchips más poderosos que los que guiaron al Apollo a la luna. Sus componentes están llenos de plomo, cadmio, mercurio, berilio, arsénico, y otros compuestos tóxicos que fueron extraídos de la tierra profunda —que nos aislaba de ellos— e ingresados en nuestro ecosistema a través de su uso en la electrónica.

Cien millones de computadores son desechados al año solo en Estados Unidos, y se calcula que hay medio billón de teléfonos celulares en desuso consignados a gavetas y cajones. Tarde o temprano los minerales que contienen terminarán en el basurero, contaminando el suelo y nuestras fuentes de agua.

Lo barato sale caro, y los países pobres enfrentan la peor parte del problema. Al año, veinticinco millones de toneladas de material electrónico son enviadas al tercer mundo —principalmente a África, India y la China— donde son desarmadas a golpes por niños y niñas para recuperar los metales más valiosos. En la capital de Ghana hay un barrio tan emponzoñado por estas prácticas que sus habitantes lo llaman “Sodoma y Gomorra”. El resto se incinera, liberando al aire un legado de cáncer y toxicidad que con toda seguridad habremos de pagar nosotros y las generaciones que nos sucedan. El verdadero precio de nuestros trastes baratos lo enfrentaremos entonces.



Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 16 de noviembre de 2010.

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