/* Pedirle a Googlebot y otros que me dejen de indexar, para que no me penalicen en Google PageRank */ Código Abierto: La insoportable levedad del wiki

lunes, 6 de diciembre de 2010

La insoportable levedad del wiki

Antes del escándalo provocado por la filtración de miles de secretos del gobierno estadounidense por el sitio de internet WikiLeaks, mi preocupación con el tema de los wikis había sido meramente fonética. Un wiki es un compendio de información hecho por cientos o miles de autores que se editan y se corrigen los unos a los otros; el mayor y más conocido es Wikipedia, una gigantesca enciclopedia viviente que se actualiza a diario y que millones consultamos con regularidad. Todo eso estaba muy bien. Pero en cambio me parecía poco serio tener que andar por ahí diciendo “¡Wiki!”, que más que a revolución informativa me sonaba a nombre de mascota o a onomatopeya de algún canto aviar.

Con la aparición de WikiLeaks —una especie de enciclopedia de chismes corporativos y gubernamentales—, la ridícula palabrita ha perdido su inocencia. Para el Departamento de Estado es el sonido del terror mismo.

Como ciudadanos de cualquier país del mundo, nos debería preocupar que WikiLeaks no parece ser una organización neutral. Su creador, el misterioso Julian Assange, no oculta sus filiaciones anárquicas y de izquierda. Nada de malo hay en ello, pero una organización que se autoproclama defensora de “la verdad” no puede aplicar sesgos ideológicos a la información. Me pregunto, por ejemplo, si WikiLeaks filtrará secretos cuando estos sirvan para apoyar causas no “progresistas”, como los correos electrónicos revelados por un hacker anónimo en noviembre de 2009 que cuestionaban los resultados de ciertos estudios esenciales para demostrar el calentamiento global.

Pero mi mayor preocupación es con los métodos con que WikiLeaks obtiene sus propósitos. El arte del chisme requiere dos cosas: información y distribución. Sitios como WikiLeaks hacen de lo segundo —la distribución masiva de información— algo sencillo. Lo primero —la obtención de los datos— está garantizado por la tecnología que nos rodea.

El informante de WikiLeaks sustrajo y almacenó los documentos de una red de alta seguridad del ejercito de EEUU usando una memoria USB: un artículo que por menos de cuarenta mil pesos se compra en cualquier almacén de cadena. Para esconderlos tuvo la única precaución de pasarlos a un CD marcado “Lady Gaga”. Si así se burla la seguridad estatal de la nación más poderosa de la Tierra, ¿qué nos espera a los ciudadanos comunes y corrientes, y a los países pobres y atrasados?

Nos espera, tal vez, un mundo en el que la privacidad claudique ante los embates de la tecnología. En 1985, mucho antes del internet y de los wikis, el novelista checo Milan Kundera dijo: “Vivimos en una era en la que la vida privada está siendo destruida. La policía la destruye en los países comunistas, los periodistas la amenazan en los países democráticos, y poco a poco la misma gente pierde el gusto por la vida privada y el sentido de ella. La vida cuando no se puede ocultar de los ojos de los demás—ese es el infierno. Sin secretos nada es posible—ni el amor, ni la amistad.

Kundera sabía por qué lo decía. La mitad de su vida había transcurrido bajo la vigilancia de su propio gobierno, en una Praga llena de espías y de micrófonos. En cualquier amigo se ocultaba un delator. Hasta una broma en privado, entre amigos, podía ser filtrada al Partido y castigada con prisión y trabajos forzados. Predominaba la desconfianza.

La erosión de nuestro fuero más íntimo es la erosión de nuestra humanidad misma. Por eso, cualquier beneficio de la chismografía digital para la veeduría ciudadana debe ser recibido con interés, pero también con recelo. "Pueblo chico, infierno grande", dice el refrán. No olvidemos que la red hace de todo el planeta un pueblo chico.


Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 6 de diciembre de 2010.

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