/* Pedirle a Googlebot y otros que me dejen de indexar, para que no me penalicen en Google PageRank */ Código Abierto: febrero 2011

sábado, 19 de febrero de 2011

Navajas suizas

El apéndice humano es un ejemplo de un órgano vestigial: uno que sigue existiendo a pesar de ya no cumplir ninguna función en el cuerpo. Se piensa que colaboraba en la digestión de la celulosa vegetal que ingeríamos cuando, al igual que los simios de los que descendemos, éramos herbívoros. Ese pasado no es aún lo suficientemente remoto, o de lo contrario ya no tendríamos apéndice, ya que la evolución no solo crea nuevas formas adaptadas al entorno, sino que también depura el mundo de aquellos órganos o especies que ya no sirven. 

Los cambios hechos por los seres humanos no están informados por la misma sabiduría. Basta ver lo que estamos haciendo de nuestras herramientas electrónicas. Miles de millones de personas cargan en el bolsillo o la cartera un microcomputador capaz de: identificar con precisión la longitud y latitud del portador sobre el globo terrestre; tomar fotos de alta resolución, grabar películas en alta definición, y editarlas; realizar operaciones aritméticas y también de matemática más avanzada; reproducir canciones y video; conectarse a la red global de información; jugar videojuegos; escuchar radio FM; participar en redes sociales, mandar mensajes de texto, chatear; almacenar todos nuestros archivos, cartas, cuentas, fotos y recuerdos. 

Todo lo anterior en un invento que originalmente solo pretendía hacer llamadas telefónicas. Los celulares y computadores se han vuelto como esas navajas suizas con bracitos que al desplegarse descubren sierra, tijeras, destornillador, pinzas, lupa y hasta palillo de dientes, porque los cambios en la informática no son evolutivos, sino acumulativos. Apilamos lo nuevo sobre lo viejo, y lo viejo queda ahí. Si a un diseño de vehículo le reemplazamos el motor de gasolina por un motor eléctrico, hay que sacar el motor anterior para abrir espacio para el nuevo. Pero el software no es así; es infinitamente plástico. No presenta limitaciones para lo que el ingenio humano quiera hacer con él. 

Esto sin duda es un gran espacio para la creatividad humana, y también un triunfo de la economía de mercado, puesto que se producen herramientas cada vez más versátiles a precios más bajos. Pero también hace pensar en una casa en la que se acumulan cosas y cosas y nunca se bota nada a la basura. Y en ese tumulto de cosas —de programas nuevos y archivos viejos— se agazapan dos grandes problemas. 

El primero es el de la complejidad. Nuestros aparatos se están volviendo endiabladamente complicados. Las personas mayores que no crecieron rodeadas de estas tecnologías —es decir, casi la mitad de la población del mundo— tienen dificultades para configurar un simple teléfono, y ni qué decir de un computador. Y aún las generaciones que sí crecieron hablando el lenguaje de las máquinas tienen que aceptar como hechos inevitables la distracción y el tiempo que se necesita para domesticarlas. 

El segundo problema resulta del primero, y es más urgente. Los sistemas complejos son, por naturaleza, más inseguros, más vulnerables a los hackers y los delincuentes informáticos. Al consignarle toda nuestra información más delicada a estos aparatos inescrutables, nos arriesgamos al fraude, al robo de identidad y a la pérdida de intimidad.

La solución estaría en aprender más de la naturaleza y de sus diseños, en aplicarle a nuestros inventos informáticos esa sabiduría que bien conocen los ingenieros en otras disciplinas. Esta indica que menos es más, y que la inteligencia consiste no en hacer las cosas lo más complicado posible, sino en encontrar la solución más sencilla que dé los resultados que buscamos.

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 14 de febrero de 2011.

viernes, 11 de febrero de 2011

La aceleración de la Historia

El régimen de Hosni Mubarak duró tres décadas, hasta que hoy cayó por protestas ciudadanas que parecieron surgir espontáneamente. ¿Por qué, si existía tanto descontento entre la población, no había pasado antes? ¿Por qué de repente nacieron en el pueblo egipcio la idea y el coraje de alzarse contra el gobierno?

En una de las mejores charlas del reciente Hay Festival de Cartagena, el profesor de Historia británico Felipe Fernández-Armesto planteó la tesis de que los cambios en las sociedades están llegando más rápido y con más frecuencia. Como resultado, el mundo será cada vez más inestable y proclive a mayores vaivenes.

Los cambios sociales son producto de las ideas de las personas, y las ideas son fruto de la imaginación y del intercambio. Las sociedades que se aíslan por razones geográficas, religiosas o políticas, se estancan, mientras que las que intercambian ideas y personas, evolucionan.

Durante siglos esa transmisión de ideas fue lenta y trabajosa, constreñida por las distancias, el tiempo y el analfabetismo. La mera invención de la imprenta enseguida cambió al mundo: produjo un cisma en la cristiandad, avanzó la Ilustración, doblegó el antiguo regimen monárquico, y condujo al surgimiento del mundo moderno y de los primeros Estados.

Más adelante, el descubrimiento del electromagnetismo permitió la invención del telégrafo y entramos así en la era de la inmediatez. Luego llegarían la radio y la TV, y ya para la segunda mitad del siglo veinte nos habíamos acostumbrado a un mundo en el que las ideas viajaban rápido y sin barreras.

Sin embargo, nuestras tecnologías de comunicación siempre dependieron de un grado de centralización, si por ningún otro motivo porque la infraestructura de producción y distribución era onerosa. Relativamente pocos agentes podían permitirse el costo de una editorial, de un estudio de grabación o de una estación de radio. Aún en los países más libres, el espectro de ideas que se difundían siempre tenía alguna capa de filtración. Las ocurrencias más sediciosas no tenían el mismo acceso a los medios que los lugares comunes, y la rebeldía y la disensión podían ser acalladas fácilmente por gobiernos inseguros.

El Internet cambió todo eso. La red abrió las puertas a un nuevo mercado de ideas, en el que constantemente están surgiendo unas, atacándose otras, pereciendo las más débiles y dominando las más atractivas. Y todo sin control central y sin filtros: con toda la vivacidad, el desparpajo y la rebeldía de que es capaz el ser humano. La consecuencia de esta promiscuidad de la imaginación es un incremento en la producción y la variedad de las ideas de cambio en la sociedad: una aceleración de la Historia.

Esa aceleración traerá nuevas modas y pasatiempos, nuevos descubrimientos científicos, nuevas curas para enfermedades, nuevas costumbres y modos de vivir. Pero también revelará fracturas antes ocultas o ignoradas en nuestra cultura. Las quejas de las clases insatisfechas, que se manifestaban sordamente a través de los medios de comunicación tradicionales, tienen una nueva voz gracias a la Red. Esos agravios, amplificados por la electrónica, no podrán seguir desatendidos para siempre; más temprano que tarde lograrán resquebrajar estados opresores, corruptos o ineficaces. Ya que todos los pueblos tienen grandes reservas de frustración almacenada, hay que esperar que vendrán años turbulentos en todo el planeta; los casos de Egipto y Túnez son apenas el comienzo.


Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 7 de febrero de 2011.

martes, 1 de febrero de 2011

Consecuencias imprevistas

En 1989 Ciudad de México se ahogaba en la contaminación producida por sus vehículos. Las autoridades inventaron una solución que, si bien irritó a los conductores, parecía lógica, barata y fácil de implementar: restringir el uso de carros un día por semana según el último número de la placa.

Cuando al cabo de un tiempo se tomaron mediciones para comprobar la eficacia de la norma, se encontró que no solo no había disminuido la contaminación, sino que había empeorado. ¿Cómo podía ser?

El caso es un ejemplo de la ley de las consecuencias imprevistas. El diseño de políticas públicas siempre debería imaginar con cuidado sus posibles consecuencias, de lo contrario encontrará que el resultado real de sus esfuerzos será otro al deseado o, incluso, lo opuesto.

Lo que explica lo que pasó en México es que los conductores se adaptaron a la medida teniendo dos carros por hogar. Se dirá que eso es de países ricos, pero de hecho es más sencillo de lo que parece, aún en países de ingresos bajos. Hay dos maneras económicas de hacerlo: comprar un carro de segunda, para usarlo solamente en los días de restricción; o simplemente conservar el carro viejo al momento de comprar carro nuevo.

En ambos casos se incrementa el parque automotor de la ciudad y se mantienen en él vehículos viejos —más contaminantes— que de otra manera habrían sido reemplazados por vehículos nuevos más eficientes. El número de carros en las vías no disminuye, y su eficiencia y limpieza empeoran, deteriorando más la calidad del aire.

En Bogotá ha sucedido lo mismo: las familias le hacen un esguince al pico y placa adquiriendo un segundo vehículo o conservando el viejo. La revaluación del peso y la disminución de los precios de los vehículos nuevos y usados lo hicieron más fácil. La consecuencia imprevista fue un incremento inusitado en el número de carros en la ciudad, con un resultado paradójico: como en vez de reducirse el parque automotor se incrementó, la medida no podrá ser suspendida nunca, ya que la ciudad no soportaría la cantidad de autos que tiene ahora.

Las consecuencias no intencionadas resultan de ignorar la fuerza de los incentivos y de la naturaleza humana. Las buenas intenciones en el diseño de las políticas poco sirven para garantizar su éxito. Un economista famoso, que solía extraviar sus llaves constantemente, le daba a su hijo pequeño un dólar para que las encontrara. Al comienzo la medida fue exitosa, pero con el tiempo el economista notó que las llaves se perdían con más y más frecuencia: el hijo había aprendido a esconderlas adrede para incrementar su recompensa.

Otros casos son menos traviesos, como cuando el gobierno decidió medir la eficiencia de sus Fuerzas Armadas según el número de bajas en combate. La consecuencia imprevista fue el asesinato, para inflar las cifras, de cientos de personas inocentes: los militares que perpetraron esos “falsos positivos” se adaptaron, macabramente, a los incentivos que les habían creado.

Ahora Barranquilla entra en la onda de las restricciones vehiculares sin estudios, presionada por intereses particulares, y como ciudad copietas: porque otras ciudades, más grandes y prestigiosas, lo han hecho. No se tuvo en cuenta que las circunstancias en cada sitio son distintas ni que en otras partes los resultados casi nunca han sido los deseados. Cuando las cosas se hacen sin análisis es inevitable que tengan consecuencias imprevistas. Pero como pasa un tiempo entre el acto y sus resultados, los dirigentes actuales estarán en otros cargos y no habrá quien responda cuando el tiro salga por la culata.

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 31 de enero de 2011.