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martes, 1 de febrero de 2011

Consecuencias imprevistas

En 1989 Ciudad de México se ahogaba en la contaminación producida por sus vehículos. Las autoridades inventaron una solución que, si bien irritó a los conductores, parecía lógica, barata y fácil de implementar: restringir el uso de carros un día por semana según el último número de la placa.

Cuando al cabo de un tiempo se tomaron mediciones para comprobar la eficacia de la norma, se encontró que no solo no había disminuido la contaminación, sino que había empeorado. ¿Cómo podía ser?

El caso es un ejemplo de la ley de las consecuencias imprevistas. El diseño de políticas públicas siempre debería imaginar con cuidado sus posibles consecuencias, de lo contrario encontrará que el resultado real de sus esfuerzos será otro al deseado o, incluso, lo opuesto.

Lo que explica lo que pasó en México es que los conductores se adaptaron a la medida teniendo dos carros por hogar. Se dirá que eso es de países ricos, pero de hecho es más sencillo de lo que parece, aún en países de ingresos bajos. Hay dos maneras económicas de hacerlo: comprar un carro de segunda, para usarlo solamente en los días de restricción; o simplemente conservar el carro viejo al momento de comprar carro nuevo.

En ambos casos se incrementa el parque automotor de la ciudad y se mantienen en él vehículos viejos —más contaminantes— que de otra manera habrían sido reemplazados por vehículos nuevos más eficientes. El número de carros en las vías no disminuye, y su eficiencia y limpieza empeoran, deteriorando más la calidad del aire.

En Bogotá ha sucedido lo mismo: las familias le hacen un esguince al pico y placa adquiriendo un segundo vehículo o conservando el viejo. La revaluación del peso y la disminución de los precios de los vehículos nuevos y usados lo hicieron más fácil. La consecuencia imprevista fue un incremento inusitado en el número de carros en la ciudad, con un resultado paradójico: como en vez de reducirse el parque automotor se incrementó, la medida no podrá ser suspendida nunca, ya que la ciudad no soportaría la cantidad de autos que tiene ahora.

Las consecuencias no intencionadas resultan de ignorar la fuerza de los incentivos y de la naturaleza humana. Las buenas intenciones en el diseño de las políticas poco sirven para garantizar su éxito. Un economista famoso, que solía extraviar sus llaves constantemente, le daba a su hijo pequeño un dólar para que las encontrara. Al comienzo la medida fue exitosa, pero con el tiempo el economista notó que las llaves se perdían con más y más frecuencia: el hijo había aprendido a esconderlas adrede para incrementar su recompensa.

Otros casos son menos traviesos, como cuando el gobierno decidió medir la eficiencia de sus Fuerzas Armadas según el número de bajas en combate. La consecuencia imprevista fue el asesinato, para inflar las cifras, de cientos de personas inocentes: los militares que perpetraron esos “falsos positivos” se adaptaron, macabramente, a los incentivos que les habían creado.

Ahora Barranquilla entra en la onda de las restricciones vehiculares sin estudios, presionada por intereses particulares, y como ciudad copietas: porque otras ciudades, más grandes y prestigiosas, lo han hecho. No se tuvo en cuenta que las circunstancias en cada sitio son distintas ni que en otras partes los resultados casi nunca han sido los deseados. Cuando las cosas se hacen sin análisis es inevitable que tengan consecuencias imprevistas. Pero como pasa un tiempo entre el acto y sus resultados, los dirigentes actuales estarán en otros cargos y no habrá quien responda cuando el tiro salga por la culata.

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 31 de enero de 2011.

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