/* Pedirle a Googlebot y otros que me dejen de indexar, para que no me penalicen en Google PageRank */ Código Abierto: Godzilla vs. los ingenieros

lunes, 14 de marzo de 2011

Godzilla vs. los ingenieros

Lo más impresionante del terrible sismo que sufrió Japón la semana pasada no fue el número de víctimas ni el tamaño de la devastación, sino todo lo contrario: la cantidad de personas que se salvaron. El terremoto fue uno de los más fuertes de la historia, mil veces más poderoso que el que destruyó a Haití el año pasado. Fue seguido —como en un uno-dos de boxeo un derechazo remata después de un jab— de un tsunami más devastador aún, que rebajó todo cuanto el sismo había dejado en pie. El sacudón alcanzó a correr el eje de la Tierra. Mientras escribo, se cierne sobre la isla el temor a la radiación que se filtra de varias centrales nucleares fracturadas en el cataclismo. Fue una triple tragedia, que combinó uno de los más violentos sismos, una de las peores marejadas y el terror invisible de la radioactividad. Pero la mortandad, que en Haití superó las 300.000 personas, en Japón será una fracción de esa cifra.

Tal vez por ser la única en conocer la aniquilación total e inmediata de la bomba atómica, la cultura nipona fantasea constantemente con su destrucción. Su mito moderno más revelador es el de Godzilla, un dinosaurio mutante que surge del mar para asolar a Tokyo con rayos de fuego. Venga, como la bomba, desde el cielo, o, como el sismo, del fondo de la tierra —o en manos de criaturas prehistóricas, o de robots del futuro—, la posibilidad de la aniquilación convive íntimamente con la sociedad del sol naciente, y por eso esa nación era tal vez la única capaz de asumir con preparación y resiliencia una suerte tan cruel.

Es un pueblo que sabe cómo evacuar un edificio, hacia dónde huir y dónde resguardarse. Los cuerpos de respuesta están listos en segundos para ayudar a los heridos. En cada hogar hay reservas de agua, comida y material de primeros auxilios. Las normas de construcción son las más estrictas de cualquier país, y se cumplen.

Pero el mayor mérito le corresponde a la admirable ingeniería nipona, la más avanzada del mundo en crear estructuras que resistan desastres. Solo una práctica de esa profesión que sea metódica, organizada, disciplinada y anclada en la más exigente formación —valores de la cultura japonesa— puede producir esos rascacielos sorprendentes, que al sacudirse siguen intactos. Y puesto que el mundo moderno está lleno de cámaras, ésta ha sido la catástrofe natural más filmada de la historia: hay mucho material que registró en directo el estremecimiento, que será estudiado por ingenieros y permitirá una mejor preparación para futuras calamidades.

Así como se le rinde respeto a la tumba simbólica del soldado desconocido, habría que erigirle un monumento a esos ingenieros anónimos cuyo método y rigor salvaron millones de vidas. Mucho tenemos que aprender de ellas y ellos en nuestro medio, en donde en las facultades universitarias son toleradas la copia y el plagio; en donde celebramos, como si fuera un valor nacional, ser “folclóricos”; en donde asociamos la desorganización y la improvisación con la creatividad o la alegría. Ser juicioso no es una cuestión de estilo, ni una característica aburrida que desentona con el espíritu caribe: es una decisión ética que, a la hora de la verdad, cuando tiembla la tierra (o se revienta el dique), determina si somos cómplices de la destrucción o salvadores de vidas. Un titular que ha hecho falta en la prensa de estos días podría, con mucho orgullo por los alcances del ingenio humano, decir algo como: “Millones de vidas salvadas gracias a la prevención y la ingeniería moderna”.


Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 14 de marzo de 2011.

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