/* Pedirle a Googlebot y otros que me dejen de indexar, para que no me penalicen en Google PageRank */ Código Abierto: Intelectos inhumanos

lunes, 7 de marzo de 2011

Intelectos inhumanos

En el cada vez más frecuente enfrentamiento entre el intelecto humano y el de las máquinas, hubo un nuevo asalto la semana pasada; y los humanos perdimos.

Un supercomputador creado por IBM, Watson —del que hablamos en este espacio el año pasado—, venció a los dos mejores participantes en la historia del popular concurso de TV estadounidense Jeopardy! La hazaña de un computador entender preguntas de conocimiento general, formuladas en lenguaje natural con sus matices, bromas y juegos de palabras, era considerada, hasta hace unos años, imposible.

A medida que estos sistemas capaces de comprender preguntas y resolverlas mejor que el más experto de los expertos se vuelvan comunes, muchas disciplinas serán transformadas. Para un médico o un abogado, por ejemplo, cuya formación consiste en buena parte de grandes cantidades de información memorizada, un Watson de bolsillo simplificará el oficio como lo hace la calculadora para el ingeniero. Un diagnóstico incierto o un fallo complejo podrán ser resueltos en segundos, invocando como sustentación nada menos que todo el conocimiento acumulado de la humanidad, en todas las culturas, todos los idiomas y todas las eras.

Esa transferencia de criterio del ser humano al computador sin duda tendrá sus detractores. Pero el asunto más espinoso que surge del perfeccionamiento de máquinas que “piensan” es el de la inteligencia artificial. ¿Cuándo podemos decir que una máquina es “inteligente”? ¿Qué puede significar esa palabra aplicada a un montón de transistores?

Ese problema antecede por mucho la era de la informática, ya que antes que sobre las máquinas esa pregunta se formuló sobre nosotros mismos. Ya en el siglo XVII, Descartes se preguntaba cómo podíamos estar seguros de que las demás personas que conocemos en el mundo existen de hecho. ¿Cómo saber que son entes pensantes y autónomos? ¿Qué tal que un diablillo malvado controlara nuestra consciencia, haciéndonos creer que el mundo y la gente existen, cuando en realidad todo es una ilusión, una especie de película proyectada en el cerebro?

Esa noción de un genio malvado controlando nuestras percepciones —cuya expresión más célebre y moderna está en el exitoso film
The Matrix— puede ser volteada para ayudarnos a entender la inteligencia artificial. Si un aparato nos logra convencer de su inteligencia, entonces debemos concluir que es inteligente: al menos en la misma medida en que pensamos que las demás personas lo son.

Esa fue la condición planteada hace sesenta años por el matemático británico Alan Turing. Turing, que dejó tantas cosas —fue el padre de la informática moderna y un héroe indispensable de la Segunda Guerra Mundial, ya que logró romper los códigos secretos de la máquina
Enigma alemana, y así los Aliados podían leer las comunicaciones cifradas de los nazis—, y que tuvo un triste final —fue perseguido después de la guerra por homosexual y castrado químicamente; luego se suicidó—, dejó otro legado que será necesario para nuestro siglo. Se conoce como la “prueba de Turing” y consiste en colocar a una persona y una máquina en dos cuartos separados. En otro cuarto, un interlocutor humano sostiene una conversación con ambos, sin verlos, por medio de un teclado y una pantalla. Si el interlocutor humano no puede determinar cuál de los dos es la persona y cuál la máquina, hemos de concluir que la máquina posee inteligencia.

Ese experimento, sencillo pero contundente, hasta ahora no ha sido superado por ninguna máquina o programa, pero el éxito de Watson promete que está cerca el día en que alguno de los productos del ingenio humano logrará pasar la prueba de Turing y confundirnos acerca de su inteligencia.

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 21 de febrero de 2011.

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