/* Pedirle a Googlebot y otros que me dejen de indexar, para que no me penalicen en Google PageRank */ Código Abierto: abril 2011

lunes, 18 de abril de 2011

La música de las esferas

Debemos a la conjunción de un arpa y un accidente el descubrimiento de la música ambiental. El sonido del arpa inquietaba, desde un amplificador en mal estado, el cuarto del compositor británico Brian Eno; el accidente lo había dejado postrado e incapaz de levantarse para ajustar el volumen demasiado bajo del estéreo. Forzado a escuchar esa grabación a un volumen apenas audible, Eno concibió la idea de una música que no buscara acaparar la atención, que, en cambio, se integrara con los demás sonidos presentes, como el ruido de la lluvia o el tintinar de los cubiertos.

Ya en 1917 el pianista francés Erik Satie había propuesto una música de fondo, sencilla y repetitiva, para acompañar eventos sociales o para ser incorporada permanentemente a los espacios públicos y privados. Satie la llamó “música de mobiliario”; sus sonidos deberían existir entre los muros y los muebles, aún cuando no hubiese nadie para escucharlos. Más adelante, el compositor John Cage habría de utilizar las artes adivinatorias del I Ching para generar notas al azar con el mismo propósito, llenar los espacios humanos de una arquitectura para el oído. Eno se inspiró en ellos para su creación —a la que llamó ambient— y aportó elementos electrónicos propios de nuestra época: sonidos mínimos, grabados en cintas separadas que se repiten indefinidamente y a ritmos distintos, de manera que entran y salen de fase de formas imprevisibles; y partituras hechas por algoritmos de computador, programados para producir resultados aleatorios, derivados de una lógica secreta.

Decía Borges en uno de sus ensayos que la prueba de que el Corán es un libro árabe está en que no figura ningún camello entre sus páginas. En los escritos de Eno tampoco aparece la palabra “etéreo”, que sin duda sería el adjetivo más obvio para describir su obra. Pero también sería el más superficial y turístico, ya que el ambient, a pesar de sus mínimos recursos, contiene una cierta ética.

Su enemiga es la música enlatada, esa que suena en los ascensores, los supermercados, los vestíbulos de los hoteles, las salas de espera, los consultorios odontológicos y los conmutadores telefónicos, y que parece diseñada para homogeneizar los espacios por medio del sonido; para tapar el tedio y las imperfecciones de la cotidianidad con melodías dulzonas, como un cocinero mediocre que cubre con una salsa fuerte sus errores en los fogones. El ambient, en cambio, no compite con el espacio, sino que lo modula. Lo afecta como lo afecta un cambio en el tono de la luz; o como un detalle del paisaje o la arquitectura que bien puede ser escrutado, bien ignorado. Funciona mejor a niveles muy bajos, casi en el límite de la audibilidad, donde apenas se hace sentir; solo esporádicamente cruza el umbral de lo consciente y reclama nuestra atención, como se nota un rayo de sol cuando el viento desplaza por un instante la hoja que lo tapa.

Su influencia es fácil de ignorar hoy, por cuenta de su enorme éxito. A la música ambiental la encontramos agazapada en la música 'nueva era', en el cine, en los comerciales de TV; hasta los altavoces de las salas chill-out de las discotecas, en las que se relajan los sentidos excitados por las drogas o la música electrónica, se han apropiado de ella. Pero todos los derivados del ambient olvidan su función original de ser un sonido para la calma, la cotidianidad, la meditación y la paz. Esta semana, en la que casi la tercera parte de la humanidad pregona las virtudes del recogimiento, es una buena ocasión para redescubrirla.


Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 18 de abril de 2011.

lunes, 11 de abril de 2011

Nuevas inquisiciones

Cuando se propuso en España una ley entre cuyos alcances estaba la regulación de la propiedad intelectual en Internet, los internautas ibéricos, enfurecidos, fueron implacables en ignorar el nombre del proyecto y lo llamaron “Ley Sinde”, en deshonor al segundo apellido de la Ministra de Cultura que lo propuso. Algo análogo han hecho los navegantes colombianos, que no demoraron más de una semana en bautizar con el segundo apellido del Ministro de Interior un proyecto similar, que empieza a hacer curso por el Congreso.

Según su enunciado, la nueva ley tiene como fin regular “la responsabilidad por las infracciones al derecho de autor y los derechos conexos en Internet”, una meta perfectamente legítima. Pero, en la práctica, esta “Ley Lleras”, en lugar de construir un andamiaje sólido para proteger la propiedad intelectual, crea un campo de arenas movedizas que dificultará, en este país leguleyo, el intercambio libre de ideas que es una de las virtudes de la Red.

La ley entrega a los proveedores de acceso a Internet —empresas como Telmex o Telefónica— la potestad de bloquear o suprimir unilateralmente cualquier contenido que haya sido reportado como violatorio de derechos de autor. Hay una disposición para que el usuario acusado pueda reclamar la decisión, pero es inaceptable que la ley, en lugar de defender al usuario individual, relativamente impotente, le otorgue más poderes al agente más poderoso en la transacción, que es la multinacional de comunicaciones. La carga de la prueba debería recaer sobre quien sienta afectados sus derechos, y el bloqueo debería hacerse bajo orden judicial. En cambio, con la decisión en manos de los proveedores de acceso —que son corporaciones con ánimo de lucro, por naturaleza conservadoras y temerosas de meterse en líos judiciales—, estos pecarán por exceso de cautela, suprimiendo con ligereza cualquier contenido considerado riesgoso, y en menoscabo del espíritu de la Red.

El Internet —parece ignorarlo el Ministro— fue fundado para compartir información libremente. Las restricciones geográficas al acceso a contenidos, por ejemplo, que existen en sitios como YouTube, Hulu, Pandora y la tienda de música iTunes, están en profunda oposición a los valores intrínsecos de la Red. Por eso los internautas buscan, y siempre encuentran, la forma de hacerle el quite a esas limitaciones; y por eso estas leyes nunca logran su propósito de controlar la piratería. Lo único que consiguen es cubrir a todos los usuarios de una presunción de delincuencia.

Las mismísimas bases tecnológicas del Internet reflejan su espíritu de apertura y por eso la restricción de contenidos es inviable. La información está distribuida por todo el planeta, a veces de forma cifrada, y se puede duplicar en segundos. Ni las amenazas, ni los cierres, ni la censura —y ni siquiera los desastres naturales— doblegan a una Red cuyo diseño está basado en la redundancia. A servidor caído, servidor puesto.

No se trata de quitarle a los creadores originales el derecho a proteger su autoría, ni la opción de lucrarse de ella. Pero sí de crear un marco jurídico que incorpore la nueva y compleja realidad del Internet al tema de la propiedad intelectual, en lugar de inspirarse en leyes decimonónicas que le aplican a nuestro siglo tanto como le podría aplicar la Inquisición como modelo de justicia. De hecho, la Inquisición, con sus excesos, sus arbitrariedades y sus cacerías de brujas, sirve como advertencia de lo que puede resultar de una legislación que no acepte que el mundo ha cambiado.

sábado, 2 de abril de 2011

La cárcel perfecta

Aunque el nombre panóptico suena vagamente futurista, se trata de un invento que tiene más de doscientos años. Jeremy Bentham, un filósofo británico del siglo XVIII, se obsesionó con la construcción de una cárcel que lograra el mayor bien a la sociedad al menor costo, como lo exigía la doctrina del utilitarismo, que él mismo había creado. Su prisión reduciría al mínimo los costos de personal al consistir de celdas con ventanas, distribuidas alrededor de una torre central desde la que un solo guardia podría vigilar a todos los presos. De hecho, como los reos no podían ver al interior de la torre, ni siquiera era necesario que el guardia estuviera siempre ahí; simplemente saber que podían estar siendo vigilados serviría para prevenir cualquier mal comportamiento. El ojo de la torre era el ojo de un dios que veía y sabía todo.

Bentham nunca logró en vida que su idea fuera puesta en práctica, aunque alrededor del mundo algunos panópticos fueron construidos después. En Colombia hubo dos: uno en Ibagué, hoy declarado monumento patrio, y otro en Bogotá, hoy convertido en sede del Museo Nacional. (Tres si contamos uno al que fueron enviados Pedro y Pablo Vicario después de asesinar a Santiago Nasar en Crónica de una muerte anunciada.)

El efecto que la cárcel de Bentham no tuvo en la arquitectura de las prisiones lo podemos hallar, en cambio, en el clima de vigilancia de la sociedad actual. Sin requerir de estructuras circulares —ya que, como en tantos otros casos, la tecnología cambió la topología de lo posible—, ¿habrá algo que se parezca más al panóptico que las ciudades modernas?

Segundo a segundo, somos vigilados. Hay cámaras de seguridad por todas partes, enviando nuestro registro quién sabe a dónde. Y —como lo predijo el filósofo— ni siquiera es necesario que se nos vigile activamente: con su mera presencia, las cámaras de tránsito han logrado hasta el milagro de que nos detengamos frente a los semáforos en rojo. El utilitarista Bentham diría que hay instalar además algunas cámaras falsas, que no graben nada y tampoco cuesten: mientras el bluff no se revele, lograrían gratis el mismo resultado.

Pero no toda la vigilancia tiene como meta el orden, ni toda es tan benigna. Mientras haya más control, por definición, habrá menos libertades, y es mucha ya la que hemos cedido. Una parte de la tarea la hacemos nosotros mismos, voluntariamente, a través de lo que revelamos de nuestra cotidianidad en las redes sociales. Otra parte la hace la mercadotecnia, que llega a conocer nuestros patrones de consumo mejor que nosotros mismos. Otra la hacen sin consultarnos nuestros aparatos, como los celulares que cargamos y que revelan cada pocos minutos nuestra ubicación exacta en el espacio. Y el vigilante más ávido es el Estado, que tiene poderosos motivos —desde el cálculo de los tributos hasta la represión abierta— para querer conocerlo todo sobre nosotros.

Esa información, debidamente tabulada y cruzada, será el registro meticuloso de nuestro paso por la vida. Cada vez será más pública, debido al entusiasmo con que le narramos a la Red todo lo que vivimos, a la poca atención que le ponemos a la seguridad y la privacidad, y a agentes como Facebook y Wikileaks, dedicados explícitamente a sacar provecho de lo que hacemos, deseamos, pensamos y consumimos. Solo una vez dentro nos daremos cuenta que hemos ingresado sin hacer resistencia en el panóptico, y que existimos dentro de la idea de un hombre cuya intención era ofrecerle a la sociedad el regalo de una cárcel perfecta.