/* Pedirle a Googlebot y otros que me dejen de indexar, para que no me penalicen en Google PageRank */ Código Abierto: mayo 2011

viernes, 27 de mayo de 2011

Discos rayados

La negativa de la Corte Suprema de Justicia de aceptar como pruebas los correos y la información encontrada en los computadores de Raúl Reyes es el resultado de argumentos procedimentales y no implica que esos correos e información sean falsos. Aunque a mi juicio la decisión de la Corte es errónea, ya que el gobierno afirma haber respetado la cadena de custodia y hasta ahora no ha surgido ningún motivo o prueba para no creerle; se trata de un asunto jurídico que solo podrán dirimir entre jueces. Mientras tanto, existe otro argumento que desde hace dos años vienen repitiendo como disco rayado integrantes del oficialismo venezolano. Según esta teoría —expuesta más recientemente por la diputada Iris Varela en W Radio— la información contenida en esos computadores no es válida porque es imposible que hubieran sobrevivido al bombardeo del campamento de Reyes. “¡Unas computadoras blindadas, serían!”, afirmó la diputada Varela.

Aquí debo pedir excusas por adelantado, ya que para algunos lectores —sobre todo los que tengan formación técnica— lo que voy a explicar puede parecer de una obviedad tal que ni siquiera merece ser mencionado. Pero el chiste de los computadores resistentes a las bombas sigue siendo utilizado con sarcasmo y suspicacia por a quienes les conviene creer que en todo esto hubo gato encerrado; por eso es bueno explicar por qué es falaz el argumento. (Ahora bien, el hecho de que sea esgrimido por los mismos asambleístas venezolanos que en diciembre aprobaron una ley que pretende imponerle franjas horarias al Internet —cosa que, por supuesto, no se ha logrado, ni se logrará—, no debería sorprendernos: su ignorancia en materia técnica ya hace leyenda en el continente.)


Bajo condiciones normales de uso, un disco duro es, como toda la electrónica, relativamente frágil. Un golpe puede desalinear sus cabezales y hacerlo ilegible. El contacto con el agua puede formarle un corto circuito. Un imán suficientemente poderoso puede afectar el magnetismo de los platos en los que está registrada la información y destruirla.


Pero todo eso es bajo condiciones normales. Un disco duro averiado puede ser desarmado en un laboratorio especializado, y sus platos magnéticos leídos con equipos diseñados para ese propósito. Aún si el disco fue severamente golpeado, sumergido en agua o incluso parcialmente quemado, se puede recuperar información de él. Se hace con tecnología vieja, probada, que está al alcance de todas las agencias de inteligencia del mundo y de cualquier cliente privado que pueda pagar el servicio.


LPs y CDs rayados, cintas magnéticas rotas, libros mojados, periódicos quemados por el sol, película fotográfica medio velada, jeroglíficos en rocas erosionadas por la arena y el tiempo, imágenes tenues en los muros de cavernas ancestrales: todas nuestras tecnologías de registro dejan un rastro, alguna posibilidad de recuperar parte de su contenido aún cuando este haya sido lesionado por un trauma o ajado por el tiempo.


Por eso no hay nada de sobrenatural en la supervivencia de la información de los discos de Reyes, así como no lo hay en los frescos de Pompeya, o en las once históricas fotos de Robert Capa que sobrevivieron al desembarco en Normandía (las demás las dañaron no el mar ni la guerra, sino los nervios del laboratorista que derritió por accidente la emulsión de la película). Solo quienes temen su contenido pueden aferrarse a un argumento tan débil.


Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 23 de mayo de 2011.

La compra de un verbo

Sin duda la noticia más llamativa de esta semana en el mundo de la computación fue el anuncio de la compra de Skype por parte de Microsoft, un negocio de 8.500 millones de dólares. En un mundo de valuaciones extravagantes, en el que una empresa como Facebook —cuyas utilidades reales se desconocen—, puede costar, según algunos, USD 70 mil millones, la cifra pagada por Skype puede no sonar tan descabellada. Es un hecho que Microsoft cuenta con dinero de sobra para aventurarse en adquisiciones riesgosas. Pero lo cierto es que Skype no ha producido, hasta la fecha, ganancias significativas para sus distintos dueños. En 2005 la empresa de subastas en línea eBay la compró; cinco años después tuvo que ponerla en venta y asumir una pérdida de casi mil millones de dólares.

¿Por qué querría Microsoft, un gigante en el mercado de sistemas operativos y aplicaciones de oficina, hacerse a una empresa con tan poco probado potencial de rentabilidad como Skype? Para muchos es un enigma. El producto principal de Skype es la transmisión punto-a-punto de voz y video, y Microsoft, a través de su producto Messenger, ya ofrece estos servicios. De manera que la adquisición no le aporta ni tecnología nueva ni un portafolio ampliado de productos. Los mismos inversionistas de Microsoft recibieron con escepticismo el anuncio, y al terminar la semana la acción de la compañía había caído un uno por ciento.

Muchos analistas han hecho la observación de que es muy difícil sacar rentabilidad de empresas como Skype, cuyo modelo de negocios consiste en ofrecer gratis ciertos servicios con el objetivo de que algunos usuarios opten por servicios pagos, de mayor valor agregado. Hasta ahora pocas empresas han logrado hacer funcionar el modelo. Una de las excepciones ha sido esa organización brillante, sorprendente, llamada Google.

Es legendario el ego de Steve Ballmer, el presidente de Microsoft, y su furia frente a los avances que sus grandes competidores, Apple y Google, han hecho en los últimos años. En el voluble universo de la tecnología, hace rato que el coloso de Redmond dejó de ser líder en innovación y que su marca pierde prestigio frente a las de sus rivales californianos. Tal vez, como afirma Richard Blackden, del Daily Telegraph de Londres, lo que Ballmer busca con su compra es adquirir un verbo: muchos dicen skypear para referirse a las llamadas hechas a través de esa red, así como googlear se ha convertido en sinónimo de buscar algo en Internet. A pesar de su poder y de su éxito planetario, Microsoft aún no cuenta entre sus haberes con propiedades gramaticales.

Más estratégicamente, Microsoft lo que pretende es comprar una parcela en el fluctuante mundo de las comunicaciones personales antes de que el territorio se sature y sea más difícil entrar. Messenger tiene un éxito enorme, pero Messenger sigue siendo un producto asociado al computador de escritorio; Microsoft, esta vez, a diferencia de lo que le pasó en los noventas cuando se concentró en sus productos de oficina e ignoró una pequeña innovación llamada Internet, quiere adelantarse a los hechos: y los hechos son que en algún momento —pero nadie sabe cuándo— dejaremos de comunicarnos usando teléfonos y haremos llamadas usando computadores de bolsillo. Ya lo estamos haciendo. Para los usuarios no cambiará mucho la naturaleza del servicio: marcaremos un número o un nombre, colocaremos el auricular al lado del oído, conversaremos. Pero sí cambiará, radicalmente, quién estará detrás de la llamada, cobrando.


Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 16 de mayo de 2011.

martes, 10 de mayo de 2011

El azar hace bien las cosas

La sofisticación cada vez mayor de los algoritmos que utilizan inteligencia artificial ha llevado a muchas personas a pensar que el azar pronto desaparecerá como elemento en la toma de decisiones. Según esa visión utópica, nunca hemos dispuesto de tanta información como ahora, y por lo tanto en los negocios, en la política, en la vida, deberíamos poder tomar hoy mejores decisiones que nunca antes. El único obstáculo es que la cantidad de información de la que disponemos nos abruma, de manera que necesitamos cerebros artificiales que puedan penetrar esa montaña de datos y filtrarlos para que nos llegue solo aquello que realmente importa.

La visión utópica es seductora, pero yo, por mi parte, no recibo con total agrado la marginación del azar en la vida. Muchas cosas buenas suceden gracias a esos accidentes sorprendentes que los anglosajones llaman serendipity y que los franceses resumen en una máxima que dice “le hasard fait bien les choses”: el azar hace las cosas bien.

Un ejemplo: la compra de libros. Antes, cuando todavía íbamos a librerías, el azar empezaba a jugar un papel desde que poníamos el primer pie dentro de la tienda. Así estuviéramos buscando algo preciso, nos deteníamos aquí y allá a hojear tomos que nos llamaban la atención por un nombre, una palabra o una portada. (Nunca hice mucho caso a aquello de no juzgar un libro por la cubierta.) Salíamos casi siempre con más de lo que habíamos entrado a buscar, víctimas felices de una especie de campo magnético que nos guiaba hacia el encuentro con cosas que no sabíamos que queríamos.

Así conocí, en 1994, en una polvorienta librería situada en un cruce de caminos perdido, en el sur más rural del estado de Georgia, una colección de ensayos de Carlos Fuentes que nunca más volví a encontrar en librería o biblioteca alguna; y así llegó a mis manos, unos años más tarde, en una librería de la rue Monsieur-le-Prince, en París, una edición de Hojas de hierba, de Walt Whitman, en cuya anteportada encontré, años después de haberla comprado, una dedicación firmada por el cantante Yves Montand.

Nada de esos encuentros fortuitos sobrevive en mi experiencia actual de compra de libros, que ocurre a través de la pantalla de un computador y que se consuma sólo unos días después, cuando llega a mi puerta una caja de cartón. No hay otros libros a los lados del que selecciono, ni los hay tampoco arriba o abajo, que atraigan mi atención hacia descubrimientos inesperados. Hay, eso sí, sugerencias calculadas por computadores; recomendaciones sospechosamente acertadas, que delatan un seguimiento pertinaz a mis hábitos de consumo. Demasiado precisas, esas sugerencias: no dejan que se filtre entre mis lecturas un poco de entropía que altere, en algo, el ser humano parametrizado que la mercadotecnia pretende hacer de mi.

Pero el hecho de ser mortales vuelve a poner las cosas en su sitio y le devuelve al azar el papel que se merece en nuestras vidas. Del vasto diluvio de información que nos ahoga —y que crece a la razón de megabytes por minuto— solo conoceremos una ínfima parte, aquella permitida por el plazo de tiempo y el conjunto de circunstancias que nos haya tocado por vida. Solo experimentaremos un subconjunto del todo, un subconjunto necesariamente contingente y accidental, por más computadores que nos guíen. Por eso seguiré confiando más en la casualidad ciega que en la pitonisa electrónica: quizás sea el último acto de rebeldía disponible que nos quede en un universo sobredeterminado.

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 9 de mayo de 2011.

jueves, 5 de mayo de 2011

La muerte de un cosmonauta

El 23 de abril de 1967, un puesto de espionaje estadounidense en Turquía interceptó una extraña comunicación. La calidad de la señal no permitía entender bien la conversación, pero parecía ser un frenético SOS lanzado por un cosmonauta ruso a punto de estrellarse en su nave espacial. El piloto de la nave gritaba enfurecido a los ingenieros en tierra que lo habían dejado morir. Uno de los líderes del gobierno le decía que sería un héroe de la patria. Su esposa le preguntaba qué debía decirle a sus hijos. Minutos después la cápsula se estrelló contra el suelo, carbonizando instantáneamente a su pasajero.

El cosmonauta se llamaba Vladimir Komarov, y sabía desde antes de despegar en el Soyuz 1 que no volvería vivo de esa misión. Su amigo cercano, el también cosmonauta Yuri Gagarin —famoso por ser el primer hombre en órbita—, había revisado con varios ingenieros la cápsula espacial y sabía que tenía un mar de defectos. La navegación no funcionaba bien; las antenas fallaban intermitentemente; el paracaídas de reingreso a la Tierra no siempre abría. La misión era una condena a muerte, pero Leonid Brezhnev, en ese entonces líder de la URSS, no quería saber nada de cancelaciones.

Brezhnev quería una caminata espacial entre dos naves, la Soyuz y otra que sería lanzada al día siguiente, para celebrar con una hazaña nunca antes vista los 50 años de la Revolución Rusa. Con la arrogancia típica de los líderes totalitarios creyó que su voluntad bastaba para que el espectáculo funcionara, en contravía de las recomendaciones de sus ingenieros y pilotos, que sabían que era una misión suicida.

Komarov conocía todos esos problemas y sabía que el éxito de la misión era improbable, pero aún así no hizo nada por evitarla. Sabía que si se negaba a viajar, el irreductible Brezhnev jamás permitiría que se cancelara el viaje: simplemente se le asignaría al siguiente piloto.

El siguiente piloto era Gagarin. Uno de los dos tendría tendría que arriesgar la vida en ese viaje, y Komarov sabía que su negativa a ir sería la muerte de su amigo; por eso ecogió ir él.

Esa terrible historia permaneció oculta durante 44 años, y se conoció ahora no porque el gobierno ruso la hubiera revelado, sino gracias a la labor diligente de dos autores que acaban de publicar un libro sobre el caso con base en las filtraciones de un antiguo agente de la KGB. En Colombia, la llamada “ley de inteligencia”, que hace trámite actualmente por el Congreso, propone un plazo igual de largo para la desclasificación de información secreta de la nación: 40 años, más una extensión de 15 años si el Estado lo considera necesario.

Es un plazo demasiado largo. Esa información le pertenece a la sociedad, y aunque es cierto que puede ser necesario mantenerla secreta durante un tiempo por motivos de seguridad nacional, tarde o temprano debe ser desclasificada para permitir su revisión. Muchos de los involucrados en decisiones o acciones estatales habrán muerto para cuando se levante la reserva, de manera que la sociedad perdería la oportunidad de aplicar justicia —así sea solo simbólica— en los casos en que se revele evidencia de delitos, corrupción o, como en el caso ruso, negligencia. Como contraste, el Freedom of Information Act, una norma similar que aplica en Estados Unidos, ordena la desclasificación automática de documentos secretos al cabo de 25 años. La norma nuestra, en cambio, en lugar de favorecer el glasnost, se asemeja más a los métodos de desinformación del estalinismo.

Una versión de esta columna apareció publicada en El Heraldo de Barranquilla el 2 de mayo de 2011.