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martes, 15 de noviembre de 2011

La detección de los tigres

Pensar —ese cálculo laborioso con el que resolvemos ecuaciones o buscamos la solución a problemas complejos— es, para la mayoría de nosotros, endiabladamente difícil. Pensar hace que nuestro cerebro consuma glucosa, que las pupilas se dilaten y hasta que se acelere el ritmo cardíaco. Por eso, y a pesar de que los filósofos desde hace siglos nos vienen diciendo que es la razón lo que nos separa del animal, los humanos usamos poco el raciocinio y nos apoyamos casi siempre en ese sistema de emitir juicios y decisiones que llamamos “intuición”.

Llegó a mis manos esta semana uno de los libros más esperados de 2011, Thinking, Fast And Slow (“Pensamiento, Veloz y Lento”, aún sin título oficial en español), de Daniel Kahneman, que resume cuarenta años de investigaciones sobre este tema por parte de uno de los principales pensadores de nuestro tiempo. Kahneman es sicólogo, y a pesar de nunca haber estudiado economía, recibió en 2002 el Premio Nobel de Economía por su contribución a explicar cómo las personas tomamos decisiones frente al riesgo.

El libro del profesor Kahneman es un compendio de malas noticias para el ego humano. Divide el pensamiento en dos sistemas. El primero, al que podríamos llamar “intuición”, es veloz, toma decisiones automáticamente y su uso no supone ningún esfuerzo. El segundo, la “razón”, es lento, perezoso, profundo y laborioso; nos ayuda a solucionar cuestiones difíciles, pero exige un esfuerzo de concentración grande y por eso tendemos a usarlo lo menos posible. Una conclusión es que no somos tan racionales como pensamos. La otra, más grave, es que el módulo mental que toma la mayoría de nuestras decisiones y emite la mayor parte de juicios acerca de nuestro entorno es altamente susceptible a equivocarse, a dejarse engañar por ilusiones de todo tipo, y a sacar conclusiones apresuradamente y con base en información incompleta.

La explicación de todo esto está en la evolución. El módulo intuitivo de nuestro cerebro evolucionó para alertarnos sobre peligros inmediatos y permitirnos ponernos a salvo. Es muy hábil para reconocer patrones en la naturaleza, incluso donde nada hay, y por lo tanto muy dado a falsos positivos: esa sombra que se movió justo a nuestra derecha puede ser, o no, un tigre acechándonos, pero es mejor echar a correr primero y constatar después.

Ese sistema de pensamiento automático con el tiempo nos ha servido para mucho más. Es lo que permite conducir un automóvil mientras se sostiene una conversación con el pasajero de al lado, por ejemplo. Y en algunas personas está tan desarrollado que un maestro de ajedrez puede ojear una partida en curso y decir, sin pensar: “Mate en tres”.

Pero por su misma rapidez y automatismo es un sistema dado a frecuentes equivocaciones, y de ahí que debamos desconfiar de la intuición humana en muchos casos. ¿Debo casarme con mi pareja actual?; ¿Debo invertir en acciones de esta compañía?; ¿Por qué candidato debo votar?, son asuntos en los que el sistema intuitivo se entromete sin que siquiera nos demos cuenta. Nos hace tomar decisiones importantes para nuestra vida usando lo que en el fondo solo pretendía ser un sistema muy avanzado de reconocimiento de patrones para salvarnos el pellejo en situaciones de peligro. Desde fallas en el funcionamiento de los mercados y en el funcionamiento de la sociedad, hasta fallas en nuestras propias vidas —dice Kahneman—, pueden ser explicadas por nuestro exceso de confianza en ese módulo de detección de tigres que llamamos intuición.


Una versión de esta columna apareció en El Heraldo de Barranquilla el 15 de noviembre de 2011.

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